domingo, 25 de octubre de 2015

Carlos Bousoño en mi recuerdo

Aunque me entero hoy, fue ayer 24 de octubre. Un día muy importante para mí. Una persona esencial en mi vida cumplía años, lo pasé regular pues veo cómo se apaga gastada por la enfermedad.
Como iba a contar, tuve el inmenso honor de conocer a Carlos Bousoño, de disfrutar de su voz en sus versos. Mi timidez me impidió intervenir cuando después de una magistral ponencia, se cedía turno al público asistente. Impresionada no fui capaz de articular lo que llevaba preparado, me parecía tan mediocre, e improvisar... Impensable, aunque, fue lo que ocurrió, pues al salir del baño, después de acabado el acto y curiosamente sin más presentes, apareció delante de mí. No podía dejar pasar la oportunidad y así le expresé lo que le admiraba. Me tomó la cara con ambas manos y me dio un beso en la mejilla izquierda. Sentí su mirada dulce e inteligente, reconfortando a la poeta que era y la que gracias a grandes como él seguiré siendo. Vi que era cierto, que existen seres iluminados, prodigiosos y, aunque fueran unos segundos, el mundo se paró y fuimos las personas más importante en ese instante en ésas nuestras vidas.
Gracias Carlos, siempre estarás.


martes, 20 de octubre de 2015

Cuando el cáncer además de ser una enfermedad, es una condena a muerte en Palestina por Begoña Leonardo

Morir esperando la terapia adecuada en la Franja de Gaza es el destino casi inevitable de las mujeres que padecen cáncer de mama. Sin solvencia económica, no hay tratamiento. Además, en muchos casos son  abandonadas por sus maridos, que no aceptan el resutado de una operación en la que ha de ser amputada una parte de su cuerpo que ellos consideran que  les pertenece. Estas  mujeres valientes pasan inadvertidas, salvo para quienes se atreven a amarlas y otorgarles el respeto que merecen. Sus ganas de vivir, su fuerza de vountad y una enorme capacidad de resistencia al dolor que permanece durante años, las hacen heroínas; teniendo en cuenta que cualquier cambio brusco del ambiente, cualquier sacudida que advenga tiempos de guerra, las hace vulnerables, en una situación  que combate la pobreza del día a día con el bloqueo israelí, la escasez de medicamentos y la injusticia.
En la Franja de Gaza sólo dos hospitales tratan el cáncer: el Hospital Central de Shifa, en la ciudad de Gaza, y el Hospital Europeo en Khan Younis. Ambos cuentan con tres y dos oncólogos, respectivamente. Las dificultades para proveerse de medicamentos son muy importantes porque se agotan con rapidez. No consiguen una continuidad en los tratamientos. Un 40% de los casos han de ser referidos a hospitales fuera de la Franja. No tienen radioterapia, el bloqueo lo impide, y son  aproximadamente el   90%  de las mujeres enfermas de cáncer de mama las que deberían recibir este tratamiento.
Su lucha es invisible ante los ojos de quienes han de establecer la paz, su enfermedad no existe, ellas no existen. Están condenadas a muerte. 
Paso a relataros un caso anómino, pero real:
Apenas iniciada la treintena, una joven cuenta que su menstruación comenzó a ser irregular y a sentir dolor en un pecho, una tirantez extraña. Al hablarlo con una amiga que tenía conocimientos en medicina, le preguntó si le habían examinado el pecho alguna vez.  En la exploración descubrió que tenía un bulto pequeño. Rápidamente a través del amigo de un amigo de la amiga, logró que le hicieran una mamografía. Los resultados mostraron  un tumor de dos centímetros y medio, pero que tenía que esperar a que creciera para extirparlo.  No esperó, pedió dinero y partió a Egipto, que en aquella época, mediados del 2012  dejaba  cruzar la frontera con cierta  libertad. Recién operada regresó sin demora,  el dinero se  acababa y  tenía que hacer frente a la deuda. Cuando al regresar a Gaza unos análisis hormonales confirmaron que el tumor era maligno se derrumbó, lloró, rezó... pero consiguió recomponerse y salír a buscar a su hija y a su hijo que estaban con unos parientes.
A día de hoy no está curada, necesita volver a Ejipto y no es posible, la frontera de Rafah está cerrada. En lista de espera, observa como su cuerpo no respeta los ritmos politicos, un nuevo bulto provoca su desesperación ante las preguntas que en su cabeza resuenan sin cesar, además de todos los porqués, sin respuesta a la injusta realidad que mantiene subyugado a su pueblo.
Mi respeto, admiración y reconocimiento para las mujeres Palestinas, y en especial para las mujeres enfermas de cáncer de mamá, poniendo en valor su capacidad de adaptación su entereza para seguir  con su  trabajo, sus responsablilidades, además de proteger a quienes aman y  reivindicar a su tierra.

sábado, 3 de octubre de 2015

Esa sana costumbre por Aldo Luis Novelli

el tipo está acostumbrado
a vivir del lado de abajo
a revisar la basura
en las calles durante las noches
a comer comida vencida
y escupir más que tragar
a dormir cagado de frío
en un colchón lleno de pulgas
a tener olor a humo
que cubre la pestilencia
de su cuerpo mugriento
a sacarse los piojos
desde la madrugada
antes de tomarse unos mates
con yerba resecada al sol/
a pelearse a trompadas
por un pedazo de pan fresco
con los otros habitantes
bajo el puente de la avenida
a lidiar con gente miserable
y patearle las pelotas
para poder seguir viviendo.

el tipo está acostumbrado a amar
a pesar del mundo.


martes, 5 de mayo de 2015

"Todo o que venden es supérfluo, plásticos y más plásticos"

 
Vivimos en un país en el que muchos y muchas no pueden comer en condiciones, es decir, que comprar verdura, carne y  pescado es un lujo, porque han de verse obligados, para llenar sus barrigas, a  acudir a Cáritas. Y a caridad ya  sabemos que ofrece pasta, galetas, legumbres, y poco más. Cualquiera de nosotros que todavía podemos alimentarnos bien, sabemos que la cesta de la compra cada vez se puede llenar menos de productos y mucho menos de los de marca. Las marcas blancas se han convertido junto a las ofertas, en la única forma de abastecernos con algo de calidad, haciendo malabares con la economía doméstica. Nos hemos tenido que acostumbrar en los últimos años a renunciar a esos pequeños caprichos de supermercado, que satisfacen el ansia consumista, nos proponcionan calorías inútiles y aumentan la tensión y el colesterol de manera alarmante, pero nos ofrecen breves momentos de placer. Mi abuela, cuando empezó a ver proliferar los supermercados, manifestaba que no durarían, "todo lo que venden es supérfluo, pásticos y más plásticos". Ella que estaba acostumbrada a la devolución del casco de la gaseosa o a que a cambio de las botellas vacías de la lejía, te hacías una cubertería, ahora se quedaría pasmada comprobando lo dependientes que nos hemos vuelto y que si no compramos en una gran superficie por lo menos una vez a la semana, tenemos la despensa vacía.
Me gustaría que se impusiera el sentido común y que realmente el consumo fuera razonable, que el reciclar no fuera algo tan importante, porque hubiéramos eliminado gran parte de los  envases contaminantes. 
Yo todavía recuerdo, una vida sin papel de cocina, sin papel de aluminio, sin tetrabrik... Ah! y con la yogurtera. En fin, que soy demasiado joven como para no creer que todavía hay esperanza, pero demasiado vieja como para haber olvidado que el primer supermercado de mi ciudad, lo abrieron en mi calle y que se cargó a tienda de ultramarinos, a pesar de ser un gran acontecimiento.   

domingo, 28 de septiembre de 2014

PARA LAS MUJERES, PERO SIN LAS MUJERES




      Observo en estos días un descontento en personas que mantienen su” no al aborto” como si los que no estamos dentro de su perfilada moral reaccionaria, estuviéramos a favor. Es indecente cómo se manipula y pervierte el lenguaje.
¡Señores! y digo señores porque me resisto a creer que una sola mujer sea capaz de razonamientos tan descabellados como los que osaba pronunciar nuestro ex ministro de justicia, a no ser que, desde niña haya sido aleccionada o sea una gran hipócrita. Con dinero siempre se ha podido abortar.
Tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. No es un tema baladí, ( me tiño de rubia o de morena) es algo que ha de valorar la mujer, no creo que con exclusividad, pero sí en última instancia. Se debe legislar con criterios de profundo respeto. Un hijo es una alegría, una esperanza, un aprendizaje, un reto… Tanto podríamos decir… Pero traer a este mundo un ser humano abocado a vivir en la miseria, sin que pueda disponer de cuanto necesite para desarrollarse plenamente, o, a un ser gravemente enfermo sin posibilidades… No queremos niños desahuciados antes de nacidos. Renunciar a la maternidad puede ser un drama, el no poder abortar una condena, el no poder elegir, un insulto.
 
      Se hace imprescindible la lucha feminista, con hombres que no se sientan atacados, porque el feminismo defiende la igualdad real. Las mujeres somos más de la mitad de la población y no necesitamos de la condescendencia patriarcal, necesitamos hombres que nos acompañen, que trabajen con nosotras. Si hubiera paridad muchos de los males que aquejan a nuestra sociedad habrían desaparecido, entre ellos el injusto planteamiento frente al aborto. Para ello, necesitamos hombres y mujeres sin complejos, sin prejuicios, dispuestos a educar personas que rompan con esta devastadora dinámica.

domingo, 21 de septiembre de 2014

VOLVER A LAS AULAS, UNA PESADILLA



Debería ser motivo de ilusión, con  el nerviosismo y la curiosidad de cuando se emprende un nuevo camino. Pero muchos estudiantes conscientes de la situación, falta de recursos de sus familias, lo padecen como una pesadilla hasta conseguir los libros y el material imprescindible. Como madre,  compruebo  que no están dando resultado los tímidos y raquíticos  proyectos que desde la administración se ofrecen para intentar conformarnos, como el Proyecto Releo, y, no hablemos de las becas; a un alumno de secundaria, cuyos libros rondan los cuatrocientos euros,  le conceden cien; vamos, una tomadura de pelo.
Los libros de texto son muy bonitos, preciosas fotografías en papel de primera...  Algo  innecesario en un mundo donde  Internet es la fuente de conocimiento global.  ¿Cómo es posible que carguen  nuestros hijos con mochilas que pesan alrededor de siete kilos, cuando con un ordenador portátil o una tableta resolveríamos el asunto de manera económica y saludable? Muy sencillo, porque ni a la administración, ni al negocio editorial les importan los problemas económicos de las familias, ni las espaldas de los estudiantes. Es una vergüenza, que tengamos una escuela cuyos métodos, instalaciones y recursos sean decimonónicos.  No adaptada  ni al espacio, ni al tiempo, donde no se valora al individuo, ni la creatividad, ni el pensamiento crítico, donde ser un número y aprobar es el único objetivo.
Apoyo la enseñanza  pública, la de todos. Y quiero reconocer la labor de los docentes, que trabajan en precario y mantienen su vocación, la de los  padres que alentamos a nuestros hijos, para que tengan esperanza en el futuro y deseen adquirir conocimientos, y la de los estudiantes que pese a  las dificultades, valoran el esfuerzo que entre todos aportamos para que cada año se formen lo mejor posible.

viernes, 6 de junio de 2014

La Corbata por Baco / ARDIMIENTO ( Zoográfico Rodrigo, 2014)


LA CORBATA
Vamos, anímate.
Era larga y roja,
como la serpiente
más venenosa
del mundo.
La corbata,
te la tienes que poner.
Sé lo que estás pensando,
que no va contigo
y, quizás, tengas razón.
Pero no se trata de eso,
se trata de la Empresa,
de la Compañía. 
Tú eres su imagen,
piensa que cuando te miren a ti
en realidad
ven a la Organización.
Era larga y roja
como la lengua
de la sonrisa cachonda
de los Rolling Stones.
Se trata de aparentar,
bien lo sabes, nuestro traje es
como la camisa naranja del butanero,
como el mono azulado de los mecánicos,
como la capa verde de la guardia civil.
Se trata de aparentar,
ya sé, sé muy bien lo que piensas,
pero cuando logres cambiar el mundo
podrás dejar de llevarla.
Eso me decía aquel encargado,
pero queriéndome decir
que él,            también,
tuvo que pasar por ello.
La corbata,
te la tienes que poner.
Piensa que en realidad
es como si fueses disfrazado
porque el tú auténtico
siempre estará debajo,
desnudo.
Un disfraz
para engañar al mundo.
Además,
te voy a decir algo
que una vez me dijeron a mí
y que fue definitivo:
«aquel que se permita       juzgarte
por tu aspecto
no merece la pena».
Era larga y roja,
como la que llevaba
en el concierto de las Ventas
el bueno de Angus Young.
Pero no,
yo sabía que no era eso,
que no se trataba de aparentar
porque yo no necesitaba ser otro
en las horas laborales de mi vida,
las horas que se convierten en monedas
para poder vivir
el resto del tiempo.
Bacø,
con o sin corbata,
es auténtico
y, efectivamente,
le importa un huevo lo que digan
aquellos que creen en las apariencias,
así que           guárdate
   esa sonrisa falsa,
   ese hilarante silbido de hiena,
   esa mirada de superioridad,
   esos gestos de desprecio,
cuando le veas aparecer
con su traje y su corbata
en estas reuniones de poetas.
Te aseguro que conozco a muchos seres
enfundados en cueros despellejados,
y a muchos bardos de pacotilla,
de largos fulares y palabras pausadas,
que no llevan corbata
pero que han comido muchas pollas
y se han dejado dar por el culo
incluso que han vendido a sus mejores amigos
sólo para conseguir una reseña de mierda
en un periódico
de tirada
nacional.
De Ardimiento (Zoográfico Rodrigo, 2014)

domingo, 1 de junio de 2014

A EUROPA A ROMPER CON EL CHANTAJE DE LA DEUDA POR JOSEBA FERNÁNDEZ

<em>A Europa a romper con el chantaje de la deuda</em>
La Eurocámara se reúne 12 veces al año en su sede de Estrasburgo. CONSILIUM

Hace 14 años, la “Consulta Social por la abolición de la deuda externa” marcó el final de una intensa campaña que durante años habían impulsado diversos movimientos (fundamentalmente, la Red Ciudadana por la Abolición de La Deuda Externa). En dicha consulta, prohibida por las autoridades electorales (como ha ocurrido ahora con la iniciativa del Multireferendum en Catalunya) participaron más de un millón de personas. Entonces se trataba de denunciar la condena que suponía (y supone) para los países del Sur empobrecido la deuda externa (injusta, ilegítima y odiosa) que les ataba a los países del Norte y les mantenía en la cadena eterna del subdesarrollo. Denunciar el mecanismo de la deuda, al tiempo que se avanzaba en procesos de democratización. Una combinación que tiene una sinfonía y una melodía más que apropiada aquí y ahora.
Pues bien, 14 años después, parte de ese Norte es ya el Sur. Y, sí, hoy el Sur de Europa forma parte ya de ese Sur global. Hoy, junto a Portugal, Grecia y otros países de la periferia europea, en el Estado español la deuda es el método fundamental de expropiación por desposesión y el mecanismo de disciplina y gobierno del austericidio. Las políticas de la ortodoxia neoliberal han conducido a estas economías a un empobrecimiento masivo y al expolio de muchos de los derechos sociales (y políticos) conquistados en épocas anteriores.
Actualmente, la deuda pública española representa el 93,3% del producto interior bruto (PIB). Una deuda que, además, ha sido contraída a espaldas de los ciudadanos y en contra de sus intereses. Contraída con el objetivo último de salvar a una banca que nunca ha respondido a los intereses sociales. Una deuda generada a través de las ayudas multimillonarias a las autopistas privadas, a construir aeropuertos sin aviones e infinidad de infraestructuras megalómanas propias de un modelo de “desarrollo” agotado y fracasado. De esta forma, hemos visto cómo se ha transformado la riqueza de unos pocos en la deuda de la mayoría. Al servicio de esa minoría privilegiada ha estado toda la maquinaria institucional. Y es que el “gobierno de la deuda” es también el ejemplo paradigmático del monopartidismo (modificación de la Constitución mediante) que, afortunadamente, el resultado de las elecciones europeas ha comenzado a poner en cuestión. Como tantos movimientos han venido denunciando, la democracia como auto-gobierno del pueblo está suspendida de facto y ha sido directamente suplantada por el gobierno de la deudocracia. En el altar del pago de la misma se han sacrificado cuantos derechos han requerido los acreedores. La deudocracia, por tanto, se ha convertido en la verdadera forma y contenido del gobierno de la UE por parte de las élites. Unas élites europeas a las que podemos considerar también como una casta especulativa que se está lucrando con el hundimiento de las economías reales y la destrucción de las condiciones de vida.
En este sentido, la actual arquitectura institucional de la UE no sólo no nos sirve para poder salir del chantaje de la deuda sino que nos somete a él. Pero si bien la UE es una institución clave en este proceso de empobrecimiento, sólo construyendo otra Europa podremos salir de esta situación. La UE como problema, y la Europa de los movimientos y los pueblos valientes como única salida posible. En estas elecciones, Podemos (y otras iniciativas políticas en el Estado y en Europa) han situado como un elemento fundamental el no pago de la deuda ilegítima y la puesta en marcha de Auditorías Ciudadanas de la Deuda. Nada hay más urgente para hacer viable una alternativa fiel a los intereses de las mayorías que nos permita salir del chantaje y la estafa. Para hacer posible este objetivo hay que ir a Europa también a buscar amigas, a construir una alianza con todos los movimientos, iniciativas y organizaciones dispuestas a construir otra Europa. Hay que crear, por tanto, espacios de acuerdo con toda esa Europa insumisa al pago de la deuda y a la devastación social que está acarreando. Y es que hay también otra Europa más allá de la Troika, Merkel, Le Pen o las vallas fronterizas. Hay una Europa viva, bella, que ha resistido dignamente a los planes de austeridad, al expolio, que se ha opuesto a la vergüenza de Lampedusa, a las guerras. Ese es también un pueblo en que debemos reconocernos. Ese encuentro con la Europa digna es también el camino que nos va a permitir disputar los espacios sociales que la extrema derecha está conquistando en tantos países.
Urge, en definitiva, transformar las oportunidades que se abren en el Estado español en posibilidades efectivas de derrumbar (si es preciso a martillazos) las paredes del Régimen del ’78. Urge también construir una alianza sólida (más allá del Parlamento Europeo) con quienes están ya en el camino de deshacerse del chantaje de la deuda. Sólo rompiendo con la asfixia del “gobierno y las constituciones de la deuda” podremos abrir los necesarios horizontes constituyentes. También a escala europea.

Fuente: www.lamarea.com

lunes, 5 de mayo de 2014

MABELE EDICIONES PRESENTA: UNA NIÑA FEA, TRISTE Y SOLITARIA DE JAVIER DEL SASTRE

ESCRITORIO MUTANTE 

el nuevo libro de
MABELE EDICIONES
"UNA NIÑA FEA, TRISTE Y SOLITARIA" de Javier del Sastre Alonso.

Con prólogo
de Carmen Cambres
 y epílogo
de Stefano Presi.
 
Poesía saliendo de la poesía y mirándose a sí misma, el poeta sale de sí y, junto a sus poemas, se desdobla, se observa en perspectiva, como si de un viaje astral se tratara, transformándose en el contenido de su propia obra. (Del prólogo)

..........................
 
Ya pueden ustedes leerlo, descargarlo y hacer después lo que hay que hacer, difundiiiiirrrr   en todas partes, porque nosotr*s l*s mutantes de este escritorio, se lo vamos a agradecer por toda la eternidad.
Hala, y sin más dilación/dilatación...
Que ustedes lo disfruten...

viernes, 25 de abril de 2014

Diez mejores consejos para ser crítico literario por Miguel Espigado

 elespigado.com

1. Analizar una novela casi siempre supone utilizarla para algo que no ha sido concebida; en vez de vivir en el edificio mágico que te acaba de abrir sus puertas, decides desmontarlo para desvelar el truco del ilusionista. Es una tarea desgraciada, que aniquila al crítico como amante de la lectura, pues le roba su mejor parte, que es la de vivir a través de la imaginación. Para resolver esta frustración, algunos deciden leer solo obras maestras, las únicas que les permiten una lectura apasionada, rendida al misterio del genio. Otros abandonan la crítica. Pero aunque lo dejes, las críticas se siguen escribiendo solas en tu cabeza. Sea como sea, si uno no es capaz de lograr un disfrute casi infantil con la lectura, está muerto como crítico literario, porque está muerto como lector. Tanto es así, que muchos exageran a propósito sus elogios para demostrar que no se han convertido en meros analistas profesionales. No hay peor enfermedad en este oficio que la pérdida de la inocencia, y con ella, la pérdida de la capacidad de vivir en mundos imaginarios, de sentir verdaderamente a través de las palabras de otros. Por tanto, la única manera de ser un buen crítico literario es conservar intacta la capacidad infantil de disfrutar con la literatura.
2. La vida humana es un repertorio de actos animales que se camuflan mediante protocolos tan sofisticados que apenas un psicoanalista puede desentrañarlos. Por eso, el crítico ha de mantener bajo control sus instintos de competición, agresividad o sumisión, y debe ocupar una posición muy segura en la vida para poner su auto-definición al margen de la literatura. Es cierto que existen criaturas muy especiales a las que sus padres querían mucho y han crecido sin inseguridades, sin miedos, sin complejos. Esas personas lo tendrían todo a su favor si no fuera porque no suelen tener capacidad de análisis, ya que ésta se desarrolla normalmente entre seres atormentados que necesitan entender el rompecabezas de su propia existencia para aspirar a una mínima felicidad. Se da la paradoja de que los tipos y las tipas más grillados emocionalmente también son los mejores analistas. Sin embargo, la única posibilidad de hacer bien este trabajo es que se resuelvan las chaladuras al margen de la crítica. Por desgracia, sin el aliciente patológico de usarlaa para definirse ante uno mismo y los otros, ¿qué motivación queda?
3. A veces se presupone que la literatura ofrece posibilidades ilimitadas. Pero lo cierto es que hay un momento de la vida en que uno ha leído ya demasiadas novelas, ha consumido demasiadas películas, en definitiva, conoce casi todas las posibilidades habidas y por haber de contar una historia. Llegados a ese punto, solo las verdaderas novedades conseguirán despertar al dragón. Sucederá como con el adicto que se ha acostumbrado al efecto de determinada sustancia. Seguirá buscando incansablemente algo que le ofrezca un chute al nivel de esas primeras lecturas fascinantes. La búsqueda, como tal, está llena de motivación pero también de frustración, y la obra de muchos críticos es en mayor o menor medida una memoria de esa búsqueda frustrada, y una rememoración de sus mejores jeringazos. Aunque generalizado, este procedimiento es un error descomunal.
4. La literatura que merece la pena analizar no tiene apenas público. Porque precisamente aquella que atrae al público es la que está hecha para sumergirse en la lectura, vivir en un mundo imaginario, y no romper la magia descubriendo sus entretelas. Durante un tiempo estuvo de moda criticar a ese público que desea la inmersión en la obra; a mí en cambio esa me parece la experiencia más sagrada que puede ofrecer la literatura, y la crítica no tiene nada que hacer dentro de esta actividad, excepto como epígrafe. La buena crítica literaria, es decir, aquella que no te dice lo que tienes que comprar, sino que analiza la obra, destruye el mecanismo astral del viaje imaginario. Solo puede interesar, por tanto, a otros lectores analíticos, que suelen ser también lectores ávidos. Son poquísimos, pero de verdad que no existe otro público al que merezca la pena dirigirse.
5. Los mejores críticos han sido ensayistas y académicos que jamás se han sometido a la tutela de un redactor jefe ocupado de cuadrar el círculo para adaptar sus reseñas a un estilo comercial. La buena crítica tiene su propio código, y está dirigida a gente que lo conoce. Se puede escribir con más sencillez, prescindiendo de todo ese aparato teórico, pero eso solo se justifica como medio para atraer a un público que busca, muy a menudo, periodismo amarillo. La tentación de usar esas técnicas de simplificación y sensacionalismo es grande, porque asegura mayor éxito. En muchos aspectos, sirve para producir la versión letraherida del chismorreo pueblerino que fascina a los españoles por encima de cualquier otra cosa. Sin embargo, existe un pequeño grupo de lectores que sí es capaz de esforzarse para leer una crítica teórica, y ese es el único público al que uno debe dirigirse. Susan Sontag, Linda Hutcheon, Roland Barthes o Bakhtin nunca escribieron sus textos como diversión para frívolos sino para aquellos dispuestos a dedicar un esfuerzo a entenderlos. Su público empequeñece por momentos, pero no hay otro que importe.
6. No es verdad que la crítica teórica sea elitista, mientras que la periodística sea “popular”, ya que las élites intelectuales hace ya muchísimo tiempo que dejaron de corresponderse con las élites económicas en España. Sentirse parte de una “élite cultural” es pomposo y arrogante. En realidad, se escribe para un grupo de marginados, un grupo de freaks que viven en un submundo de conocimiento y profundidad maravillosos, se escribe para miembros de una especie de secta secreta o logia escondida tras las losas musgosas de una catacumba, la catacumba del pensamiento crítico. Los lectores de teoría crítica no se encuentran en la cúspide de nada; se encuentran, simplemente, al margen de todo. El buen crítico debe aceptar que esos son los únicos lectores y ese es el único lugar que verdaderamente tiene interés conquistar. Todo lo demás, es ceder a las tentaciones arriba expuestas, tentaciones que tienen que ver con necesidades animales y patológicas, y no con las más bellas e inútiles necesidades del pensamiento.
7. La inmensa mayoría de los libros será olvidada en dos o tres meses, cuando se acabe su promoción y se retiren de las librerías. La misión más recurrente de la crítica en estos años ha sido intentar que eso no suceda; por ello nos deshacemos en elogios para alertar al mundo de que ha ocurrido algo excepcional en el ordinario discurrir editorial. Eso ha acabado creando una burbuja  de laudatios, que hace que todos los libros y autores sean anunciados como los mejores de su generación, del año, los más prometedores, alta literatura y etcétera; la única opción digna hoy en día es operar al margen de esa burbuja, evitando como la peste cualquier laudatio. Tal cosa resulta harto difícil, por un noble y sincero y impulso; el de querer salvar un buen libro del torrente de novedades que apenas nadie lee y mucho menos compra. Sin embargo, es una batalla perdida de antemano, precisamente porque todas esas loas se han vuelto tan baratas y desgastadas como la metáfora “tus ojos son dos luceros”. El crítico debe renunciar a cualquier misión de salvar un libro de la quema, no porque la misión no merezca la pena (que la merece), sino porque ya no es posible. La crítica debe ser escrita con total desentendimiento del destino del libro.
8. Hay que consagrarse al compromiso de honestidad y fidelidad a la verdad que durante milenios ha guiado a las Humanidades hacia el buen camino; especulación y abstracción serán herramienta básicas de la crítica literaria, tanto como su compromiso de búsqueda del conocimiento, que es lo único que puede salvarnos (de ahí la necesidad de encontrarse anímicamente templado, pues el único laboratorio posible, nuestra cabeza, debe encontrarse en las condiciones más asépticas). La obra posee múltiples sentidos, sí, pero la búsqueda debe nacer de un genuino interés por desentrañar el sentido, y así afrontar la complejísima misión de expresarlo con la precisión más elegante. Los grandes críticos hacen de la verdad su estilo literario.
9. Las críticas literarias no son las escalinatas de subida a las instancias de una novela; la crítica debe ser completa en sí misma, y debe aspirar a colmar al lector. La crítica puede verse como un esquema sintético que ofrece la información más relevante a un grupo de freaks maravillosos obsesionados con el hecho literario. Si el crítico ha hecho adecuadamente su trabajo, esos freaks sentirán que ya ni siquiera hace falta leerse el libro.
10. Para que la crítica sea leída (y no digo leída por las masas, sino por esas docenas de freaks maravillosos) debe guardar relación con la actualidad. Y la actualidad de la literatura la marcan los lanzamientos editoriales. Se trata, por tanto, del comentario de la suma de un evento artístico y un evento mercantil. No puede leerse igual el libro de una tipa que acaba de estrenarse en una editorial indi, que el de un dinosaurio al que están promocionando gratis en todos los medios de comunicación. No, porque el libro aún no pertenece a la historia, y posiblemente tanto la indi como el dinosaurio mueran cuando acabe su momento en las librerías y los medios de comunicación. Hasta entonces, toda su recepción (es decir, toda su transmisión de sentido) vendrá condicionada por las sugestiones que acompañen su lanzamiento. La primera frase del libro siempre la escriben otros; la fajita donde los editores copian las mutilaciones descontextualizadas de críticas pasadas; los textos promocionales que siempre colocan al escritor entre los mejores de algo; el propio precio del libro, la editorial. Y por ahí hay que empezar, porque todo ello condiciona el sentido de la obra, y debe ser tenido en cuenta.

viernes, 14 de marzo de 2014

ECONOMÍAS ÍNTIMAS DEL VATICANO. La lengua muerta y sus redes: inversión y reconversión

www.henciclopedia.org.uy/Columna H/HamedLalenguamuertaysusredes.htm

Amir Hamed

Hasta donde se ha podido saber,
jamás, como hasta este año, habíamos tenido la oportunidad de asistir, con todo su dramatismo, no a la despedida de un hablante sino de una lengua. Hasta donde sabíamos, el latín era una lengua muerta, pero ni bien accedió al trono vaticano en 2005 como Benedicto XVI, el alguna vez inquisidor cardenal Ratzinguer promovió la resurrección del latín en la liturgia y erigió una academia de la latinidad, para difundir el buen uso de ese idioma. El nombre y la medida son congruentes: Benedicto, cuyo nombre quiere decir bien dicho, o dicho bien, sucedía a un papa que, como Juan Pablo II, se apagara en una progresiva disfonía a raíz de un cáncer de garganta que lo retiraba de este valle de lágrimas, nuestro mundo, pidiendo ronco perdón por la infinidad de pecados cometidos por la esposa de Cristo, es decir, la Iglesia.

Claro que este sonoro buen decir de Benedicto se podía dar s
olo en términos esotéricos, es decir, entendido por unos pocos, opaco para la casi totalidad de la feligresía. Se trataba, en rigor, de proclamar el entresijo de Dios en la lengua que lo entronizó: si los caminos del Señor son misteriosos, parecía decir Benedicto, ya su lengua no es del mundo, o barruntable por el mundo. Dios, decía en la práctica el papa, nos gobierna desde lo incomprensible, desde su lengua hoy remota, en la que por más de un milenio, digamos desde San Agustín, proclamara su catolicismo o pureza, su universalidad y su ortodoxia. En la Edad Media, los herejes, por ejemplo el Maestro Ekhardt o la beguina Margarita Porete habían sido sometidos a la candente purificación de la hoguera menos por escribir sus encuentros místicos con Cristo que por andar encontrándose con él en lengua vulgar, es decir en lengua subrepticia, por entonces intolerable para la teología. Y en el Renacimiento, Lutero, el Gran Cismático, no encontró vigorizante mejor para romper con la Iglesia, incluso más que la promesa de mujer para el sacerdote, que traducir la Biblia al alemán, y difundirla a través de la imprenta.

Pero hoy parecería que Ratzinguer, no en vano un inquisidor, fuera el único en recordar sus latines. Ni siquiera las crestas púrpuras de los cardenales se sacudieron a tiempo cuando, reunidas en pleno colegio, con voz grave el papa les informó, entre otras cosas, ut incapacitatem meam ad ministerium mihi commissum bene administrandum agnoscere debeam, es decir, que Benedicto reconocía su incapacidad para seguir administrando lo que le habían comisionado, y renunciaba. Fue una periodista de ANSA, la única entendida en latín entre los que cubrían la reunión, la que se dio cuenta de lo que estaba pasando. Solo dos antecedentes de renuncia conocía el Vaticano hasta ese momento, y ninguna en los últimos quinientos años.

Óptimamente dicho, su santidad. El latín, lengua declarada muerta, la misma que hizo a Occidente, se merecía esta oportunidad de, póstuma, inmolarse urbi et orbe en su renuncia. Así como, en las primicias de su era, los cristianos debían renunciar al mundo (se decía, como repetiría luego Agustín, renunciar al siglo), ahora el latín, la lengua de Julio César, Horacio, Virgilio, Tito Livio, Lucrecio, Apuleyo o Virgilio, cooptada durante milenio y medio por Dios desde que en el siglo IV San Jerónimo acuñara la Vulgata, o Biblia latina, debía renunciar ahora a sí misma, pero no en esa dejadez paulatina del olvido, sino con un desfallecimiento espectacular, en el que su máximo oficiante, Benedicto, se declaraba “falto de fuerzas”.

Esas otras redes

Pronto se manejó que esta escasez de vigor respondía, entre otras cosas, a unos recientes Vatileaks pero también a un informe confidencial, pedido por el propio pontífice, que daba cuenta de la corrupción económica de la banca vaticana y de una orgiástica conspiración homosexual (una red clandestina de homosexuales, según se repitió) que se extendía por media Roma y por cada pabellón de la sede de San Pedro: los mandamientos seis y el siete, relativos al sexo y al robo, habrían derrumbado el espíritu reformista de Benedicto, que en 2010 ya había tenido que hacer frente a un alud de acusaciones por abusos de sacerdotes pederastas en Estados Unidos. El cristianismo, religión de pescadores que creciera en sus primicias bajo el imperativo de la red que capturaría los pejes de la edad de Piscis, ahora se veía recomido, congruentemente con un mundo resignado a una red de redes, en una red de corrupción financiero-sexual. Se necesitaba alguien
o acaso algo más robusto para emprender la reforma en la que desfalleció Benedicto, y el Vaticano, por tanto, dio un viraje radical. Del inquisidor que persiguió y dejó semiextintos a los teólogos de la liberación latinoamericanos, se pasó a un papa argentino, hincha de San Lorenzo, atento a los pobres y aplaudido por los teólogos de la liberación que todavía boqueaban. Del latín litúrgico se pasó a una asunción de Francisco I pronunciada en italiano y, de una Europa descreída, corrió presto el Vaticano a buscarse en la masa de creyentes más constante, la latinoamericana; de la opulencia vaticana a residir en un hostal, recordando al santo de Asís, y entonces también, según se colige, mudando el propio Vaticano a las menesterosas sandalias de las órdenes mendicantes que, como la de San Francisco a inicios del siglo XIII, regresaban a ese mundo al que los monasterios le habían dado la espalda.

Los gobiernos de América del Sur, mancomunados en su festejo progre, decidieron saludar a Francisco en Brasil, a donde llegó la semana pasada y donde lo recibieron masas fervorosas pero también el abucheo de la misma multitud que había denunciado, un mes atrás, el despilfarro en estadios y aeropuertos que representaban la Copa de campeones y el Mundial 2014. Campeante la corrupción en Brasil y las necesidades sociales desatendidas, los fastos del papa, junto a las Jornadas Mundiales de la Juventud, costaron más de 40 millones de euros, por lo que muchos, al ponerle precio a la visita, por contigüidad con el fútbol denunciaban al papa como craso espectáculo, y además de craso, oneroso como ninguno. Esta recepción hubiera resultado impensable una década atrás, pero resulta que ni al Vaticano, institución opulentísima pero tan ruinosa en lo moral que invita a la renuncia de su sumo pontífice, le sobra nada, ni la fe brasilera es la misma. Si los católicos eran el 99,7% de los brasileños en 1872, hoy son apenas el 64%, y se estima que en un par de décadas, de continuar esta tendencia, en Brasil habrá tantos de ellos como evangélicos. Ciertamente, sitiado por el crecimiento del milenarismo evangélico, como en Latinoamérica, y por el llano descreimiento en Europa, el catolicismo afronta su progresiva desaparición, o cuando menos, encogimiento, incapaz de dar respuesta a los mandatos de un mundo que se mueve al dictado del capital.

Reconversión vs
inversión

En medio de las ruinas, mientras arrecian interpretaciones de las Centurias de Nostradamus y las predicciones de San Malaquías que dicen a este Bergoglio el último papa, a poco de llegado a Brasil, Francisco contraataca y llama a evangelizar, como hiciera Francisco de Asís. Y ciertamente hay un punto en que le asiste toda la razón, porque desde sus inicios la Iglesia cobró fuerza en el proselitismo, es decir, en la evangelización, en convertir a los demás. Así, mientras una vez más se hunde la banca vaticana, es decir, su inversión, mientras esa denunciada red practica lo que, según los mandamientos (y según Luz del mundo: el papa, la Iglesia y los signos de los tiempos, el libro de Benedicto XVI) es inversión sexual, el nuevo papa llama a la riqueza evangélica, a la conversión. Pareciera recordar Francisco que el último filósofo cristiano en el siglo XIX, y el primer existencialista, Søren Kierkegaard, autor del Tratado de la desesperación, se preguntaba cómo era posible ser cristiano de entrada, es decir, cómo es posible ser cristiano sin proceso de conversión, de renuncia a Satanás, de renuncia al error, para buscar esa verdad que, según el evangelio, habría de hacernos libres.
Claro está que a lo que llama Francisco es menos a una conversión que a una, inédita hasta ahora, reconversión (sexual, espiritual, confesional), y que esto es un llamado, como mínimo, sensato a la espiritualización en un mundo comido por el capital, la especulación y el descreimiento. La fe se ha perdido, pero es preciso recuperarla, nos dice a su modo Francisco, y retomarla allí donde los evangélicos, más o menos como Lady Pacman, le han comido devotos al Vaticano: se debe reconvertir al catolicismo al que ayer fue católico. En definitiva, después del mortal repliegue del catolicismo, Francisco proclama el contragolpe.


“Deseo una iglesia pobre y para los pobres, que salga de los palacios y vaya a las periferias”, ha declarado Francisco, mientras investiga la banca vaticana, comienzan a marchar a presidio sus capitostes, y el papa declara no descartar el cierre de sus instituciones bancarias. Gestos como éste son bien recibidos en todo el planeta, y cuando se lo ve caminar a Bergoglio entre la gente, se ve que estamos frente a algo distinto y determinado: para empezar, camina, se mueve, renuncia al hieratismo litúrgico para ponerse, en lo posible, del lado del mundo. De todos modos, cabe preguntarse por cuáles son las reales posibilidades que tiene este papa argentino de reconvertir una institución, su iglesia, que hace ya demasiados siglos se jugó a otra economía, que no se agota en lo monetario. Dicho de otro modo: ¿es posible un Vaticano que no quede comido por las contravenciones a los mandamientos seis y siete, es decir por la inversión especulativa y sexual?
Dilapidación evangélica

Algo de esto barrunta Bergoglio, por lo visto, porque ni bien deja atrás la escalerilla que lo despega de R
ío de Janeiro, improvisa en el avión una conferencia de prensa, y tirando todo precedente por la borda, declara que él no es nadie para juzgar a los gays (“quién soy yo para juzgar al gays”), pero se proclama contrario a todos los lobbies, incluyendo los de homosexuales. Esto, por supuesto, derrumba siglos y siglos de doctrina: Francisco declara, de algún modo, que quién es él para ser más papista que el papa, y llama al Vaticano a vivir en la realidad. También aquí deshace la inversión en nombre de una reconversión.

Sin embargo, esta realidad se relaciona menos con los crecientes derechos que los gays, por fortuna, van recibiendo de a poco en el planeta, que con un realismo más descarnado. ¿Quién es el papa para discutirle la sexualidad a medio Vaticano, incluyendo sus estrechos colaboradores? Las instituciones se adaptan como pueden a los tiempos, y el Vaticano, alguna vez latiniparlo y casto, se ha convertido, por elección propia, al arbitrio de sus concilios, y según propias palabras de Benedicto, en una institución inconfesamente gay, en una red que termina rindiendo a quien pretenda remediarla. Porque baste recordar que, si en el siglo XIX El Capital de Karl Marx denunciaba la “mano muerta de la Iglesia”, es decir, su condición de terrateniente feudal, enemiga de la inversión, estaba denunciando no s
olo a sotanas retrógradas, o cuando mínimo, precapitalistas, sino también a toda una economía libidinal y sexual, ya que por entonces, el crédito de la Iglesia consistía en administrar, por un lado, la creencia, la fe, es decir, la fidelidad de los creyentes y, por otro, sus bienes mundanos, también a través del celibato.

En los primeros días del cristianismo, como ya aconsejaba San Pablo, no era conveniente reproducirse, porque el Fin estaba próximo y la reproducción implicaba siglo, es decir mundo, que era con lo que había que acabar. Satanás se guardaba en los testículos, como aprendiera temprano Orígenes de Alejandría, padre de la Iglesia que se castró en el siglo III para ir abreviando la batalla con el Enemigo. El Concilio de Elvira, en el siglo IV, predicó el celibato, pero vale la pena repasar las Confesiones de San Agustín, un letrado que buscó la fe por todas partes antes de llegar a Dios Padre, para calibrar cuán ardua resultaba, para el siglo V, la renuncia a la mujer, y en ella, al siglo, para aquel sacerdote que no practicara la profiláctica de Orígenes. Seis siglos más tarde y ya demoradísimo el Fin, el Concilio de Letrán, de 1123, reguló el celibato, que no fue seguido de forma estricta, obligado por razones económicas: los bienes no debían ser repartidos entre descendientes, en tiempos en que la Iglesia entraba en la Querella de las Investiduras con el Emperador, que se los disputaba.

Por la misma época, e impulsado por Bernardo de Claraval (San Bernardo) en Occidente se expande el culto de la virgen, lo que se llamó mariología, culto compensatorio de la abstinencia: sublimación del deseo, pero también garantía femenina del patrimonio eclesiástico. Cada vez más incomprensible para los feligreses, rendidos, como pronto se rendirá Dante, a la evolución de las lenguas
y del mundo en sus lenguas insistía en sus latines. Ya por entonces sería la universidad el único ámbito secular en el que el latín habría de pervivir, mientras el mundo, cada vez más amigo de la reproducción y el devenir, y pronto del capital y su crédito, se entregaba a las lenguas del mundo. María, ahora virago divinizada por el Hijo, se convertía en la mediadora entre los creyentes y ese Cristo renuente que había decidido diferir, de forma indeterminada, su segundo regreso o parusía, y entretanto los bienes de la Iglesia se mantendrían intocados como reliquias: el resto de las mujeres, las de carne y curva, aquellas cuya oreja perseguía Dante y solo conoce de lengua vulgar, eran la herida misma, según el dogma y los manuales de confesión, de la tentación y de aquella antiquísima serpiente, Satanás.

Esto nada más para mostrar que la erótica de Dios marcha de la mano con la administración de sus riquezas. El Concilio de Trento del siglo XVI, en plena Contrarreforma, hizo estricto el celibato: nadie debería llamarse a escándalo porque los sacerdotes, alguna vez perseguidores de mujeres, se hicieran cultores de un sexo adverso a la reproducción, restringido a los varones. La famosa mano muerta implicaba algo que Marx no se molestó en denunciar: la renuncia a la reproducción, fuera sexual o económica implicaba establecer, en vez de inversión capitalista, inversión sexual. En el siglo XX, más exactamente en 1840, por iniciativa de Pío XII, el Vaticano, diuturno negador de las finanzas, porque es negador de la usura (tabú con el que rompió un protestante, Calvino) abrazó los tiempos, es decir, el mundo, a través de su banca, y se convirtió, según se repite desde hace años, en un paraíso, pero fiscal.

Lo que pretende Francisco, está claro, es que la
Iglesia se derroche en los márgenes, se aleje de la retención anal que la ha marcado por siglos y se reconvierta en los pobres. Pero nada de esto es posible sin que la Iglesia establezca una nueva erótica, o como mínimo, una nueva política de género. Tertuliano, a fines del siglo II y principios del siglo III, argumentaba, contra el gnóstico Valentín, que las mujeres no podían oficiar misa porque Dios había hecho al hombre a su imagen y que, por tanto, el obispo, su representante en el mundo, debía ser varón. Desde entonces, la Iglesia se consagró como un coto de varoncitos, proclives como es natural a aparearse con sus pares, si se los condena a vivir en encierro, y las redes del pescador que siguió a Jesús se transformaron en redes de pederastia y fraude. Después de esto, queda claro que no tiene Francisco oportunidad ninguna de alcanzar lo que proclama a menos que la Iglesia abra su red a las mujeres. Dicho en otros términos, la única oportunidad que le queda al Vaticano de no quedar tan interfecto como su latín es desenredarse, es decir, desdecirse donde debe. Así como se supo abandonar a las lenguas del mundo, y Francisco pretende se abandone en los pobres, es decir, que se enriquezca en su dilapidación, debe abandonar su pretensión de virginidad, moneda falsa si la hay.

Quién soy yo, se pregunta Francisco. Alguien que renuncia a la infalibilidad pontificia en los hechos, que se baja del dogma y que no enjuiciará por inclinación sexual. Pero luego debería decir, también, yo soy aquel cuyo sexo, en rigor, no repite el de Dios, como hemos venido mintiéndonos al menos desde Tertuliano. Solo podrá establecer la Iglesia una nueva economía lingüística, monetaria y libidinal cuando reconozca que, si a Satanás hay que denunciarlo, habrá que denunciarlo en más de una moneda, pero no en la de ellas. Varias veces ya, Francisco ha alertado que, si no encuentra a Cristo, es decir, si no evangeliza y ama, la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una ONG más. Sería una Iglesia dilapidada y no “pobre”, como pretende. El asunto es que no tiene manera la Iglesia de encontrar a Cristo, de reconvertirse, si Cristo, antes, no se convierte a la mujer.
 

miércoles, 12 de marzo de 2014

LA ESTRELLA TELEVISIVA POR MARÍA DEL MAR MIR ROMERO


www.creatividadinternacional.com

LA ESTRELLA TELEVISIVA
 

Quieres vivir tu vida libremente,
pero te encuentras secuestrada como estrella televisiva,
quieres intimidad,
pero tu vida está de boca en boca entre el populus, 
quieres que tu mérito se reconozca,
sólo lo que eres,
 y los cuchicheos son barrizales quieres ser superstar,
solo tu sabes cual es tu destino en este mundo,
 visión de todos de tu vida extravagante,
de tu vida bohemia, 
simplemente quieres ser feliz,
pero siempre te meten en un lío de esos que no te gustan, 
pero te sientes admirada y ninguneada.

Y te planteas por las mañanas cuando te lavas la cara

y te miras en el espejo,
si merece la pena,
si este es el precio y te ilusionas por las cosas
buenas que siempre piensas que están por llegar,
por llegar, 
tu futuro como superstar.

domingo, 9 de marzo de 2014

LOS NUEVOS PAYASOS DE LA TELE POR INÉS MATUTE

Agitadoras Revista Cultural nº51
www.agitadoras.com

La semana pasada decidí adelgazar al menos 15 kilos, porque estoy gorda como una foca. Sin pensármelo dos veces, me dirigí a la despensa e hice un inventario de guarradas. Guarradas, en mi vida, hay muchas, y de las que se comen, aún más. En las nutridas baldas de mi alacena, o rebost, o quieran llamarlo, hay todo tipo de productos hipercalóricos, pero decidí escoger las chucherías más aparentes, las de envoltorios más brillantes y seductores. Aquellas a las que se te van los dientes en cuanto notas un bajón.
A modo de ensayo general, cogí una caja de lunares, comprada en Ikea al módico precio de 5.45 euros. Una caja molona, vamos. Completamente arrebatada, metí dentro una tableta de chocolate Milka y una de chocolate negro, marca Lindt, a la guindilla (no, no es una licencia poética). A esto le sumé dos Bonys, un bote de cacahuetes a la miel, los restos del turrón de Navidad, tres tubos de Lacasitos, una sobrasada, galletas Oreo con doble relleno, un vasito de Nocilla (a no confundir con la literaria generación), un paquete de bacon de Oscar Mayer y una lata de Fabada Litoral. Lo siento: la fabada, aunque sea light, es mi perdición.
Como mi propósito era firme, mis intenciones honestas y saludables y ante todo quería darle al tema una imagen de seriedad y rigor, telefoneé al presidente de Natur House, al fabricante de pastillas XXL (Rosa de España no estaba disponible: hacía bolos por Despeñaperros), a los cinco principales accionistas de Laxantes KK- Plus y al dueño de Natursán. El presidente de Herbalife se había bajado al moro, por aquello de las hierbas, y me dio largas toda la mañana. Pero una, que no es tonta, pronto comprendió que no estaba por la labor. Ana Rosa Pitarra sí que se subió al carro sin pensárselo dos veces, negociando al punto lo que le costaría a su cadena dedicarme un especial. Le dije que 20 euros, no soy avariciosa. Eso sí, necesitaba maquilladora, peluquero, dos cámaras, un coach y, naturalmente, un especialista en iluminación – mi cocina es tirando a cutre: la iluminación, dado lo que pretendíamos hacer para asombro del mundo, cobraba una importancia vital-.
Llegó mi gran día, estaba nerviosa, como es natural. Mis invitados, incluido el President del Consell Balear, que se moría por salir en la foto, llegaron a casa con british punctuality. Osea, que me pillaron con los rulos y en zapatillas. Pecata minuta. A sugerencia de mi coach, me vestí para la ocasión. Eso sí, menos abrigada que los chicos de la foto, que son los malos de la película aunque tengan un look más currado que los verificadores. Con gran parsimonia y tras el gesto acordado con el cámara, procedí a introducir los artículos en la caja. Despacito. Sin que se me desplazara el pasamontañas. A continuación, el presidente de Natur House me la selló con gesto serio y gran ceremonia, pero cuando Don XXL hizo amago de custodiar la entrega o de tirarla por el retrete- ¡hasta ahí podíamos llegar!- yo se la arrebaté de las manos. Tengo mal pronto y además soy tirando a rácana, qué se le va a hacer.
“¿Y eso?” Quiso saber el incauto. “¡La carne es débil! Y si me arrepiento, ¿qué? Le respondí yo dando muestras de resolución y gran sensatez.
No diré a nadie dónde está la caja ni lo que he hecho con mis hipercalóricos caprichines. Tampoco contaré lo que tengo ahora en mi alacena; si en mi vida pintan acelgas o Phoskitos. Allá lo debata cada cual con su imaginación. Si diré que los participantes en mi performance cobraron un pastizal de Tele Bodrio, que como sabéis emite cualquier cosa que se le ponga a tiro. Su labor testimonial ha sido fundamental.
Del caso de la entrega de armas de los etarras, muy similar al mío, por otro lado, sólo me queda observar un fallito del montaje. Lo de las pistolas, las balas, los explosivos y demás mandangas de su altarcillo o Teletienda macabra, está muy bien, pero…. ¿Qué hacían allí, sobre la mesa, los interruptores de la luz? ¿Acaso no saben que eso no son armas convencionales sino armas de destrucción masiva? (a fijarse en las nuevas tarifas, leche).
¡Ay, estos chicos! Parecen más preocupados por mostrarse modositos que por hacer las cosas bien…. El caso es que el otro día me preguntaba a mí misma por qué hace tantos años que no salen circos por la tele; circos con sus leones, sus trapecistas y sus payasos listos y tontos. Por qué ya no tenemos entre nosotros al heredero de Fofó. Entonces, y mientras mordisqueaba una barrita de alpiste, descubrí, en plan iluminación, que vivimos inmersos en la payasada hasta tal punto, que ya nadie necesita ponerse una bola roja en la punta de la nariz. Ni siquiera Jordi Évole cuando se inventa una conspiración, produce un fake y se columpia de medio país.

sábado, 1 de marzo de 2014

La decisión se tomó entre el Rey y Torcuato. Entrevista a Gregorio Morán por Antonio Yelo


Domingo 23 de febrero de 2014, por Caja de resonancia

Hay algunos datos incontrovertibles, dice Gregorio Morán en las páginas introductorias de su libro Adolfo Suárez. Historia de una ambición, publicado por Planeta en 1979: "nació en Cebreros (Ávila) -continúa- un día de septiembre de 1932. Otro día del mes de julio del 76 fue designado pro le Rey para hacerse cargo del Gobierno. Entre estas fechas está la verdad, pero como dijo alguien, el resto es opinable, porque la verdad no es la misma dicha por Agamenón que por su porquero, y queda a cada lector considerar a cuál de las dos se adscribe".
Con estas palabras presentaba un libro polémico y sustancioso, al que le seguirían después trabajos de gran valor periodístico e histórico, sobre Ortega y sobre el Partido Comunista de España.
En esta entrevista reciente, publicada por el el sitio electrónico Jot Down, www.jotdown.es, Morán hace balance de las vicisitudes de aquél libro, y de la época que con tanta intensidad y dramatismo vivieron él y los que lo acompañaban como generación en un proceso tan equívoco y trascendental como el que ha venido a denominarse como la transición española del 78.
Hay otra consigna de Morán de la que aquí quiere ER dejar noticia, y que aparece en el prólogo a su libro sobre la historia del Partido Comunista de España. Se trata de lo siguiente: si hay algún secreto o consejo de vida que quisiera darle a sus hijas o hijos -dice-, lo que les diría es que se preparen para el momento en que dejen de creer.
En sintonía con ese temple estoico, reproducimos en El Revolucionario esta interesantísima entrevista.

Publicado por Antonio Yelo.
Leídos los libros de Gregorio Morán (Oviedo, 1947) no se entiende por qué aún no ha sido aupado por los medios de comunicación de nuestro país a la categoría de leyenda del periodismo de investigación como sí se ha hecho en los Estados Unidos con Seymour H. Hersh o Bob Woodward por poner solo dos ejemplos. Algo tan injusto e incomprensible tiene dos ventajas. La primera que el protagonista de esta entrevista sigue trabajando en lo que mejor sabe hacer, escribir ensayo periodístico. Y la segunda que continúa siendo una persona accesible que se caracteriza por la claridad con la que habla. Caiga quien caiga, Gregorio Morán se mantiene fiel a sus principios y sigue compartiendo con sus conciudadanos toda aquella verdad de la que tiene conocimiento. Esa suerte tenemos.
Gregorio Morán escribe desde hace veinticinco años una columna en La Vanguardia, «Sabatinas Intempestivas», ha trabajado también en Diario 16, Opinión y La Gaceta del Norte, rotativa de la que fue director. Tiene publicados varios libros sobre los temas más polémicos de los últimos cuarenta años de la historia de España de los que destacan las dos biografías sobre el primer presidente del democracia: Adolfo Suárez: Historia de una ambición (Planeta, 1979) y Adolfo Suárez: Ambición y destino (Debate, 2009). Se le sigue considerando uno de los más fiables expertos en un tema siempre controvertido: la Transición política española del franquismo a la democracia.
Me gustaría comenzar recordándole la dedicatoria de su biografía del primer presidente de gobierno de la democracia, Suárez. Ambición y destino (Debate, 2009): «A mi generación que empezó luchando contra la mentira que fue el franquismo y que luego acabó aceptando todas las demás». ¿Realmente toda su generación luchó contra el franquismo?
Se trata de un recurso retórico. De otro modo tendría que utilizar «yo y mis amigos» u otra expresión del estilo. ¿Toda mi generación luchó contra el franquismo? Pues no. Hubo una parte —no la más importante— que sí lo hizo, pero no la mayoría. Ahora se ha inventado una forma perfecta de meternos a todos que es aquello de la «oposición silenciosa». Me parece una fórmula preciosa para engañarnos a nosotros mismos. Mi abuela se murió sin saber que había pertenecido a la «oposición silenciosa» porque nunca había dicho absolutamente nada, ¿me entiende? Esto lo inventó un profesor cuyo comportamiento político y el de su familia fue el de una muy silenciosa oposición. Pero se puede decir que en la generación de los sesenta y los setenta era ya insólito encontrarte a alguien que fuera franquista. A partir del 68 o 69 ya no recuerdo que se dijera que «fulano es un franquista». Hablo del entorno generacional. Sí había algo significativo —aunque ahora se niegan a reconocerlo—. Sí había mucho Opus. Opus «opositor», que te vendía como una maravilla a Gonzalo Fernández de la Mora y al resto de los pensadores (o supuestos pensadores) del Opus. Luego todos esos que te querían convencer pasaron al PCE. Tengo, por ejemplo, un amigo, que tuvo importancia durante un tiempo en la política asturiana e incluso en Madrid, al que hace poco recordé que en aquellos tiempos, paseando por un parque en Oviedo, me dijo que estaba en la obra (el Opus) y que había que leer a Fernández de la Mora. Me lo negó. «¿Yo?, imposible», me dijo.
Conociendo lo que fue Suárez antes de llegar a presidente del gobierno: su poca formación, su falta de cultura, su incapacidad para aprobar unas oposiciones… ¿Por qué se le eligió para ser el primer presidente de la democracia?
Bueno, ahora resulta que Suárez tiene muchos padrinos. Además al estar mudo, sordo y ciego —podríamos decirlo así— tiene muchísimos más. Suárez es un sucesivo descubrimiento para cosas diferentes: Franco lo descubre como gobernador civil, otro lo descubre para dirigir la televisión, otro como secretario general de algo… Para la Transición el hombre que lo descubre —no hay discusión posible— es Torcuato Fernández Miranda. Lo que ocurre es que ya nadie se acuerda de este señor. El otro día me invitaron a la universidad Pompeu Fabra a hablar de la Transición y los chicos, nacidos en el 93, no tenían ni idea de quién fue Torcuato Fernández Miranda. Por eso la única figura que queda es la del Rey. El Rey como supuesto descubridor de Suárez. Además con esta última galería de pelotas… ¿Cómo se llama el que le hizo el famoso discurso a Suárez?
Fernando Ónega.
Fernandito, si. Conozco demasiado a Fernando Ónega como para leerme su libro, su última mentira [se refiere a Puedo prometer y prometo; Plaza & Janés, 2013, NdR]. No es que le hiciera ese discurso a Suárez, le hizo todos los discursos. Por orden siempre de Torcuato Fernández Miranda. Del mismo modo que hacía todos los editoriales del diario Arriba, de la Falange. Siempre por orden de don Torcuato. Y si fue cesado para realizar esa tarea, se debió a que un día se le ocurrió a Ónega publicar un editorial sin consultar con él. Es decir: era simplemente un plumilla. Un plumilla brillante, aunque también es verdad que no tenía mucha competencia. Bueno, sí, alguien había: en Arriba también publicaba Pedrito Rodríguez, otro gallego. Ahora nadie se acuerda de nombres como ese, pero en su día fue importante. No me imagino las boberías que ahora puede estar diciendo Fernando Ónega.
¿Y lo que Suárez hizo por el entonces príncipe Juan Carlos cuando era director de TVE, o cuando era gobernador de Segovia? ¿Y lo bien que gestionó Adolfo Suárez lo de la huelga de Vitoria o lo de la tragedia de Los Ángeles de San Rafael? ¿Todos aquellos servicios no influyeron en la decisión del Rey en favor de Adolfo Suárez?
Para el Rey aquello no fue significativo porque eran cosas que las hacían también otros. Quizá no tenían el talento que tenía Adolfo, porque Suárez era un seductor de serpientes. Ahora, que al Rey le llamaba la atención la predisposición de Suárez al servicio —para entendernos—, eso es obvio. En definitiva: el Rey sí sabía quién era Suárez.
Se ha dicho repetidas veces que el Rey y Torcuato no eligieron a Areilza o a Fraga, que en principio, y analizando los candidatos de forma objetiva, estaban más cualificados, porque no hubieran sido tan manipulables como Suárez. ¿Es eso cierto?
La decisión se tomó entre el Rey y Torcuato. El Rey no se distingue —y lo ha demostrado a lo largo de su carrera— por un talento político notable. En una sociedad normal —esto hay que decirlo así de claro— hubiera sido ya derrocado. Por todo tipo de motivos: irregularidades económicas, irregularidades personales, colaboración en el 23-F, etc, etc… Es decir que en su cartilla de servicios el Rey no puede presumir de sus méritos, no. Sus méritos son absolutamente para echarlo. Claramente. Por eso necesitó primero una sociedad española muy transigente y de alguien que le ayudara a orientarse en la política, algo de lo cual no tenía ni zorra idea. Y ese hombre era Torcuato Fernández Miranda, un profesional de la política al que conocí mucho, y en el que todos tienen un interés especial en eliminar de la película. Ónega por razones obvias, porque las servidumbres que le hizo no le gusta recordarlas. Y el resto porque los engañó. Torcuato los fue engañando a todos prometiéndoles a cada uno aquello que querían.
En su libro he leído que uno de los «utilizados» por Fernández Miranda fue José María de Areilza.
La forma en que engañó a Areilza fue magistral. Magistral e inédita en los estilos políticos que se manejaban entonces en España. Torcuato era un tipo con talento para el juego político. Se defendía muy bien a pequeña escala pero siempre con una visión estratégica. Veía más allá del corto y medio plazo.
¿Podríamos decir que Torcuato Fernández Miranda tenía un estilo británico de hacer política?
Sí, pero con un tono italiano, un tono andreottiano. Fue un hombre —también como Andreotti— que nunca tuvo ninguna preocupación económica. Me refiero a preocupación por quedarse con dinero. Al punto que me consta que al final de su vida tuvo que pedir ayuda al Rey porque no le llegaba el sueldo. Esa ayuda la consiguió de un forma un tanto rarita pero… la verdad es que no le llegaba.
Usted habló con Fernández Miranda y verificó con él los contenidos de su primera biografía de Adolfo Suárez que fue publicada en 1979.
En la primera biografía de Suárez que escribí no cito tanto a Torcuato. En la segunda la situación había cambiado. La primera y la segunda tienen poco que ver. En la primera, Adolfo Suárez aún era presidente del Gobierno, acababa de ganar las elecciones de Marzo del 79 y era el intocable. Cuando hago la segunda (2009) es a partir de la foto inefable con el Rey (aquella en la que salen los dos de espaldas y el Rey le pasa un brazo por el hombro a Suárez) que es con lo que empiezo mi relato en ese libro. Las reacciones al primer libro fueron brutales. Mucho más brutales desde la izquierda que desde la derecha, lo cual es sorprendente. Santiago Carrillo llegó a decir que era «pornografía política». Entonces Carrillo estaba intentando formar la gran coalición para, de ese modo, entrar en el gobierno; el PSOE estaba muy radicalizado… Adolfo Suárez, sin embargo, reconoció años después que la biografía más objetiva que se había hecho de él en aquellos años era la mía. Porque luego, claro, cuando empezó su decadencia política, lo pusieron a parir.
Hay dos libros porque hay dos etapas. El hombre sigue siendo el mismo, lo que cambia son los entornos. Hay personas que me dieron información para la elaboración del primer libro a los que entonces no podía citar. Algunos de ellos, treinta años después, en el segundo libro, sí los pude citar con nombre y apellidos.
Una de sus aportaciones a la historia reciente de España es la descripción que hace usted en la biografía de Suárez de la votación —entonces secreta— que el Consejo del Reino hizo el 3 de julio de 1976 para elegir la terna que debía ser presentada al Rey para la elección de presidente del Gobierno.
Se ha dicho que fue Torcuato quien me facilitó esa información y no es cierto.
¿No va a desvelar, perdone que le interrumpa, cuál fue su fuente? Ya han pasado treinta y cuatro años.
No, nunca. Porque se quedaría todo el mundo tan sorprendido que parecería una charada. Y el tío —la fuente— se moriría del susto.
Perdone la interrupción. Por favor, continúe con el relato de su entrevista con Torcuato Fernández Miranda.
Sí, se lo voy a contar porque periodísticamente es muy bonito. Yo entonces era joven, audaz y temerario. Más que ahora, claro. En el proceso de comprobación de los datos que había obtenido, a todo el mundo —los que intervenían en mi libro— le decía lo mismo: «usted va a leer la parte que le corresponde antes de que se publique». Con lo que todos encantados. Y yo cumplí estrictamente lo prometido. Pero, como diría el propio Torcuato Fernández Miranda, era una trampa saducea. Porque yo les decía que lo iban a leer, no que lo iban a poder corregir. Ellos pensaban que iban a tener la capacidad de hacer lo que se hacía en el franquismo —y hoy aún más—, eso de «lo he leído, pero esto no me gusta y me lo tiene que cambiar y aquello quítemelo que no puede salir». No, no, yo les respondía que si hubiera errores los quitaría, pero eso no significaba que ellos pudieran corregir.
Con Torcuato fue terrible, fue terrible. La escena con Torcuato fue una de las más hermosas, periodísticamente hablando, de mi vida. Él estaba en su chalet de Somió, en Gijón. Estamos en verano del 79. Entonces Torcuato seguía siendo Torcuato. Tenía mucho poder. Además todo el mundo sabía que yo estaba escribiendo aquel libro. Había mucha tensión. Me presionaban para que enseñara el libro. Pero tenía claro que si lo enseñaba antes de que se publicase, se acababa el libro. Lara (el dueño de Planeta, editorial que publicó el libro), a mí me constaba, lo había dejado leer a algunas personas, pero todos disimulaban como si no lo hubieran hecho. Lara no quería meterse en más líos de los necesarios, por eso no permitió que circulase mucho el manuscrito antes de la edición. No quería verse comprometido a quitar una parte.
Voy a ver a Torcuato a Gijón, me acuerdo como si fuera ahora. Yo entonces estaba pasando una muy mala racha económica y la gente lo sabía. Las ofertas eran suculentas. Hubo un momento en que me decían que podía ganar más dinero vendiendo el libro que publicándolo.
Jaime Campmany, en un artículo de ABC de 28 de octubre de 1979 titulado «El parto de los montes», cuenta que se había leído el libro en una noche gracias al interés que el ministro Pérez Llorca tenía en que no se publicase. Y habla de ofertas de millones y muchas presiones.
Ofrecieron de todo. Le sigo contando mi visita a Torcuato. Entonces mis padres vivían en Oviedo, me fui a su casa y al día siguiente cogí el autobús y me planté en Somió, cerca de Gijón. Me había citado a las cuatro. Hay una cosa curiosa sobre Torcuato: lo vi tropecientas veces; pues nunca me ofreció ni un café. Es una cosa muy significativa. Yo era como del servicio. Era para él —así me veía— como lo fue Ónega en la época del diario Arriba. Nunca olvidaré las forma en que me recibió. Él, a veces, se refería a sí mismo en tercera persona, lo cual me llamó siempre mucho la atención. Decía: «entonces Torcuato Fernández Miranda dijo…» Era una cosa fascinante.
[En este momento Gregorio Morán interpreta delante del entrevistador su escena con Torcuato Fernández Miranda, como si de una obra de teatro se tratara, haciendo las dos voces].
—Torcuato: ¿Ya ha terminado el libro?
— Gregorio: Sí.
— Torcuato: Ah, muy bien, muy bien. ¿Y cuándo piensa usted sacarlo?
— Gregorio: Pues pienso sacarlo ahora en otoño.
— Torcuato: Muy bien, muy bien. ¿Y cuál es la parte que le interesa a Torcuato?
— Gregorio: Le he traído la parte que le había prometido: lo que tiene que ver con el Consejo Nacional del Movimiento, con el Consejo del Reino, las votaciones…
— Torcuato: Pues déjemelo y hablamos, no sé… Llámeme la próxima semana.
— Gregorio: No, no, está usted equivocado. Yo se lo traigo para que lo lea y luego me lo llevo.
Me miró con aquella mirada que tenía él y me responde con cara de pocos amigos:
— Torcuato: ¿Quiere usted decir que me voy a tener que leer esto delante de usted? Pero ¿no se fía usted de mí?
— Gregorio: Yo me fio de usted, pero el libro no se separa de mí.
Usted, entonces, sabía que tenía algo muy valioso, ¿verdad?
Sabía que tenía dinamita. Entonces se puso a leer —con una mala leche de la hostia— y yo allí enfrente, sin un mísero café. Y llega a la parte de las votaciones en el Consejo del Reino para lo de la terna y de muy mala hostia me pregunta:
—Torcuato: ¿Quien le ha dado a usted esto?
—Gregorio: Mire, yo se lo he traído para que lo lea, pero igual que a los otros no les he contado qué datos me ha dado, tampoco puedo decirle a usted quién ha sido el que me ha contado esto.
— Torcuato: De la lectura de este texto se desprende que yo hice trampa, porque aquí hay un voto que entra y sale.
Entonces le hice un gesto como diciendo: eso es problema suyo, no mío. Yo, desde luego, no estaba en aquella reunión del Consejo del Reino.
O sea, que él se da cuenta de que el texto refleja claramente el truco en la votación con el objetivo de favorecer a Suárez. Pero no lo reconoce ¿es así?
En público no, pero delante de mí sí. Yo, entonces le pregunto: «vamos a ver: ¿esto es falso o es cierto?» y él dice: «quién se lo ha dado». En ese momento comenzamos una conversación absolutamente surrealista en la que yo reitero mi pregunta «¿es cierto o es falso?», y él repite: «¿quién se lo ha dado?» y así estamos un rato. Yo le argumentaba que si él afirmaba que era falso tenía que quitarlo, pero si era cierto lo pensaba dejar en el libro. Y él: «¿Quién se lo ha dado?».
Pero él no lo niega en ningún momento.
No lo niega, no. No lo niega porque además era innegable. Yo tenía el manuscrito. Alguien de allí sacó los papeles. Él no lo niega, además, porque técnicamente la operación, la maniobra, era como un elogio para él en el sentido de lo bien que lo había hecho. Porque era una operación andreottiana, era una maravilla de operación. Ojo, una inteligentísima operación teniendo en cuenta que el resto de los presentes en aquella reunión era un personal del todo deleznable. Porque listos allí había dos o tres y eran en total, creo recordar, dieciséis consejeros. Los engañó a todos, los embaucó.
¿Realmente los engaña o los miembros del Consejo del Reino saben de antemano que tienen que incluir a Suárez en sus votos conscientes del poder de Fernández Miranda y de que el Rey estaba detrás? Torcuato —según se puede leer en su libro— había utilizado previamente a Miguel Primo de Rivera para convencer a su suegro, un Oriol y miembro importante del Consejo del Reino, de la necesidad de incluir a un político joven en la terna.
No. Porque tal y como lo había organizado Torcuato se vienen a dar cuenta de la jugada solo en la tercera votación. Hay uno de los miembros del Consejo que manifiesta extrañado que el nombre de Suárez sale continuamente en las votaciones. Pero no es hasta la tercera votación. Es entonces cuando se mosquean, cuando se comienzan a dar cuenta de que los están llevando al huerto. Porque además se van eliminando los nombre fundamentales. La trampa la hace Torcuato y en esencia es sencillísima: Torcuato tiene que conseguir que al menos uno de los quince miembros del Consejo no incluya en su terna a Federico Silva Muñoz, que era el más cualificado de entre los treinta y dos candidatos iniciales. Ahí es donde aparece la trampa. Porque, claro, ¿cómo iban a nombrar a Suárez si había unanimidad acerca de otro nombre? Tiene que romper esa unanimidad. Y eso es lo que más trabajo le cuesta. Organiza un cambalache que le sale perfecto. Por eso todos los miembros del consejo del Reino le odiarán de por vida. Porque los ha engañado.
Pero a mí aquella escena con Torcuato Fernández Miranda en su chalet no se me olvidará en la vida. Lo recuerdo mirándome como si estuviera pensando: «pero, y este hijo de puta, este pringado que además es de Oviedo…» Y yo le hago luego aquella crueldad asturiana que hoy la volvería a hacer. Aquello le ofendió terriblemente. Habíamos estado juntos sin salir de aquella habitación más de cuatro horas. Terminamos pasadas las ocho de la tarde. Entonces me dijo: «Bueno, ya estará contento. Este no es el libro que yo hubiera querido». Yo le respondí que claro, que era yo quien lo había escrito. Porque él pensó que yo iba a hacer de Ónega. Entonces yo le dije que tendría que llamarme un taxi. Aquello fue demoledor. «¿Cómo dice?», me preguntó. Pero es que yo no tenía otra forma de salir de allí, de Somió, en el culo del mundo. Eso de que yo, el pringado, después de hacerle aquello, le pidiera un taxi a él , el jefe de la banda… Se me quedó mirando de aquella manera y pocos segundos después le dijo a su mujer que pidiera un taxi. Se marchó entonces sin despedirse de mí.
En la mayoría de los libros sobre Adolfo Suárez se le describe como un hombre muy simpático, con mucho encanto. ¿Usted lo conoció personalmente?
Sí. La verdad es que era un hombre fascinante. En ese aspecto de las relaciones personales tenía mucho talento. Era un gran político en lo referente al regate en corto. En aquellos años se corrió la voz de que era un gran hombre. Cuando me entrevisté con él, me dijo que no había leído un libro completo en su vida y que, por ejemplo, sobre literatura no podía discutir con nadie porque no sabía. Era un hombre demasiado normal.
Entonces, ¿cómo consiguió meterse en el bolsillo a Santiago Carrillo? En una entrevista que es de 2006 pero Público reprodujo en 2012, poco después de la muerte de Carrillo, este dijo: «Suárez vivió y actuó como lo que era, porque Suárez era hijo de los vencidos, no de los vencedores».
Porque eran iguales. Carrillo tenía una cultura mínima. Menos que mínima, diríamos ahora. A Carrillo le gustaban las películas de Luis de Funes, con eso se lo digo todo. Pero la distancia lo presenta de otro modo. Cuando escribió aquello de Eurocomunismo y Estado la gente decía que era un gran libro, de mucha altura ideológica. Y yo, cuando lo leí, me quedé turulato. Era una parida, una gran tontería. La mejor anécdota sobre los políticos de la Transición y la cultura es aquella en la que están cenando varios de ellos en el Palacio de la Generalitat invitados por Josep Tarradellas, el President. Entre los comensales se encuentra Antonio de Senillosa, un político ahora olvidado pero que tuvo mucho peso en aquella época. En aquel momento Adolfo Suárez era presidente del gobierno y en la cena se habla de la situación de España. Entonces Senillosa, que era un hombre muy arrogante, dice, dirigiéndose a Tarradellas: «Pero President, si tenemos un presidente de España que no ha leído un libro nunca». Tarradellas le respondió: «Y esa suerte tenemos, porque imagínese si además lee».
En el último libro publicado sobre Adolfo Suárez —Puedo prometer y prometo, de Fernando Ónega (Debate, 2013)—, en su página ciento veintiocho, después de describir lo bien que se entendieron finalmente Adolfo Suárez y Josep Tarradellas (entonces presidente de la Generalitat en el exilio), su autor, refiriéndose a la situación actual en Cataluña, opina: «nunca entenderé por qué se ha roto aquel entendimiento. Tiendo a pensar que en algún momento España y Cataluña perdieron aquellos hombres de Estado». ¿Es, a su modo de entender, real esa diferencia entre los políticos de la Transición y los actuales?
Ese tema me tiene ya harto. Ahora parece que los padres de la Transición fueron unos políticos acojonantes. Mire usted: los padres de la Transición eran absolutamente impresentables. Lo que pasa es que la cosa salió bien. Le pongo un ejemplo: Miguel Roca Junyent. Este señor consiguió arruinar prácticamente a todo el mundo que se implicó en la campaña política más derrochadora de la historia de España, que fue la de la Operación Reformista. Y todo para no conseguir salir elegido ni él. Solo sacaron un diputado en todo el país.
Cuando en 1976 Adolfo Suárez, que aún no era presidente del Gobierno, defiende ante las Cortes franquistas el Proyecto de Asociación política, pronuncia un gran discurso. En tu libro destacas un trozo que tiene mucho significado: «Pensar, a la altura de 1976, que la eficacia transformadora del sistema no ha sido capaz de fundar sólidas bases para acceder a las libertades públicas es, señorías, tanto como menospreciar la gigantesca obra de ese español irrepetible al que siempre deberemos homenajes de gratitud y que se llamaba Francisco Franco». ¿Qué opinión le merece ese fragmento?
Ese es un texto de Fernando Ónega dictado palabra a palabra por Torcuato Fernández Miranda. El texto es genial, fruto de la privilegiada mente de Torcuato. Adolfo Suárez, hasta que se celebra el referéndum sobre la ley para la reforma política de diciembre de 1976, no es más que una marioneta inteligente en manos de Torcuato. La ruptura se produce en enero. Cuando gana la consulta popular Adolfo Suárez decide: «ahora me toca a mí». Ya ha aprendido. Ha, por así decir, terminado el máster. Entonces es cuando se celebra en el palacio de la Zarzuela aquella comida del Rey, Suárez y Fernández Miranda en la que este último nota que está perdiendo pie.
Usted cuenta en su biografía de Suárez que después de esa comida, a la que había asistido también la Reina y las esposas de los dos políticos, y acompañados de la hermana del Rey, doña Margarita, y su esposo, que se incorporaron a los postres, pasaron a otra sala a ver una película. Entonces, cuando se acababan de apagar las luces —según su relato—, se oyó la voz de Suárez que decía: «¿Pero cómo no voy a estar agradecido a Torcuato? Sería entonces un malnacido».
Torcuato Fernández Miranda se indignó cuando leyó ese relato aquel día que lo visité en su chalet de Somió. «¿Quién le dijo esto?», me suelta. Y yo le pregunto: «¿Es mentira?». Y él: «No, no, pero es que yo ni me acordaba de la película. ¿Quién se lo contó?».
Claro, pero ocurre que en aquella sala solo había ocho personas. Los cuatro matrimonios.
Bueno, y el cámara que proyecta la película.
[Gregorio Morán se ríe satisfecho por el hecho de mantener sus fuentes en secreto, después de más de treinta y cinco años, y saber que muchos, entre ellos el entrevistador, quisieran conocerlas].
¿Qué significó para Adolfo el general Andrés Casinello en aquellos primeros años de la Transición?
Casinello había estado en los servicios secretos del almirante Carrero Blanco y luego a las órdenes de Arias Navarro. Andrés Casinello fue una figura importante de la Transición.
Se ha escrito que Andrés Casinello, en 1974, cuando estaba en los servicios secretos de Franco, facilitó los pasaportes a los socialistas —entre ellos a un joven llamado Felipe González— para acudir al congreso de Suresnes (Francia). Y que influyó sobre ellos para que tuvieran una actitud pacífica y negociadora durante la Transición.
Eso no me lo creo. Los servicios secretos de Franco tenían dos obsesiones: el PCE y Gil Robles. Cualquier conexión democristiana era más peligrosa —para los servicios secretos— que los socialistas. Al PSOE no le hacían ni puto caso. Es alucinante cómo se cuenta, pasados unos años, la historia. Mire, le voy a poner un ejemplo. Hace unos años conocí a unos chicos que iban contando que su padre, que tenía mi edad, era el encargado durante el franquismo de pasar por el puerto de Pajares, entre Asturias y León, a Felipe González. Yo me quedé de piedra. Según estos muchachos su padre facilitaba —como si hubiera en el puerto de Pajares una frontera muy vigilada por los cuerpos de seguridad— las visitas a los mineros asturianos de González cuando venía de Madrid. Yo he pasado por Pajares miles de veces y nunca ha habido allí ni una pareja de la Guardia Civil. Además, si la hubiera habido, no habrían conocido a Felipe. Pues ahora la gente va y se inventa la clandestinidad donde no la hubo. Yo asistí como periodista al XXVII Congreso del PSOE que se celebró en Madrid en diciembre de 1976. El partido aún no era legal. Pero ellos celebraron tranquilamente su congreso en un hotel madrileño. Allí vi a Olof Palme, a Willy Brandt a Altamirano, el chileno… Y la policía no entró a detener a nadie.
¿Es verdad que Andrés Casinello pasaba información sobre Arias Navarro a Suárez?
Se la pasaba a Torcuato que era el analista, el que sabía manejar los tiempos de la defenestración de Arias Navarro. El viaje del Rey a EE. UU. lo organiza Torcuato.
¿El Rey no participaba en toda aquella estrategia para quitarse de en medio a Arias Navarro?
El Rey no tenía talento para todo aquello. El Rey tiene un talento borbónico, es decir: muy limitado. Lo ha demostrado reiteradamente, no es una calumnia. Además de que históricamente no hubo ningún Borbón con talento. Se les dieron bien —porque eran reyes— las mujeres, la caza, etc… El dinero incluso. Pero para la política nunca tuvieron mucho talento.
He leído en varios libros sobre Suárez la expresión «si Graullera hablara».
José Luis Graullera se llevó muchos secretos a la tumba. Era el hombre de los secretos. En aquellos años la impunidad era mayor. Si alguien hubiera insinuado entonces que Graullera tenía que pasar por los tribunales, seguro que Adolfo hubiera dicho: pero bueno, y para qué están los tribunales. Acto seguido habría encargado a Pérez Llorca, «el zorro plateado», que se encargara del asunto.
José Luis Graullera se vio implicado en el juicio contra Mario Conde.
Lo que hundió a Conde fue su intención de echar un pulso al Estado. En la escalada de ambición de este tipo de personaje hay un momento que pierden la noción de los espacios. Y el Estado es una mierda, sí, pero como enemigo es implacable.
Hay una famosa carta que usted reproduce íntegra y en castellano en su biografía de Suárez de 2009. Me refiero a la que presuntamente envió el Rey al Sha de Persia pidiendo diez millones de dólares para la UCD, el nuevo partido de Adolfo Suárez. Esta carta aparece citada también en Los que le llamábamos Adolfo, el libro del periodista Luis Herrero (La esfera de los libros, 2007). ¿Se financió de este modo la creación de UCD?
Según Suárez en su partido no entró ni un duro proveniente de esa fuente. Tuve que comprar el libro —The Sha and I de Asadollah Alam, un antiguo ministro de Reza Pahlevi— en el que aparece esa carta. lo compré en EE. UU. Y gracias a mi mujer, que traduce del inglés, realicé la transcripción en castellano.
Pero hay diferentes versiones sobre las fuentes de financiación de la UCD. Se habla de Irán, de Arabia Saudí, de los bancos españoles, de la CIA….
Hay un nombre importante en este asunto, el de Prado y Colón de Carvajal, el amigo del Rey. Este señor, que era un personaje absolutamente increíble, es otro que se ha llevado muchos secretos a la tumba. En mi libro cuento que se aprovecha de que Suárez no habla inglés para confundirlo con los millones y los miles.
Es muy importante, hablando de la financiación, el dinero que se pone para liquidar a Suárez. Llega un momento en que la CEOE, y a su cabeza Ferrer Salat, piensa que Adolfo Suárez es un peligroso izquierdista, que es capaz de pactar con el PSOE, o peor, con el PCE. Recuerdo haber hablado de este tema con Ferrer Salat en el 79, cuando preparaba el primer libro sobre Suárez. Entonces estaban muy amedrentados porque Adolfo Suárez había ganado las elecciones. Ahí se monta la conspiración para acabar con Suárez desde dentro del partido. Comenzaron a decir que los iba a llevar a la ruina. Curiosamente se decían entonces de Suárez cosas parecidas a las que hoy se dicen de Mariano Rajoy. Pero con la diferencia de que Rajoy tiene mayoría absoluta y es gallego —que eso es importante— y no les hace ni puto caso.
Entonces Suárez no dimite, sino que lo hacen dimitir. ¿Es así?
Absolutamente. Entre la derecha, el ejército y el Rey, se lo cargan.
La historia de que los generales le ponen a Suárez las pistolas encima de la mesa ¿es verdad o una leyenda?
Es verdad, pero no literalmente. No hay pistolas. No es exactamente así. Eso de las pistolas forma parte del guión tipo Hollywood de la Transición. Se celebra una comida en el Palacio de la Zarzuela. Adolfo Suárez no sabe que se va a celebrar. El Rey lo invita a última hora y se encuentra allí con la cúpula militar. Suárez se mosquea mucho. En un momento dado el Rey se levanta y dice: voy un momento al lavabo. Y los deja solos. A los militares y a Suárez. Entonces los militares le dicen que no están dispuestos a consentir que la cosa continúe así. En ese momento sí hay alguno que hace metáforas con la palabra pistola. Pero no llegan a sacarlas, no era necesario. Hubiera sido algo absurdo. Hay que decir —haciendo un inciso— que Suárez tiene tropecientos defectos, pero hay que reconocerle algo que demostró siempre: una valentía inigualable. Muy superior a la de esos mando militares. Si es algo referente a la inteligencia o al talento, se le puede cuestionar. Pero la cuestión testicular la tenía muy bien colocada. Cuando el Rey volvió, el almuerzo continuó. Pero Suárez tenía ya bastante claro que había llegado a un punto de no retorno.
¿Eran conscientes el Rey y Torcuato Fernández Miranda de que tenían poco tiempo para llevar a cabo la Transición? Lo digo porque si se analiza una cronología de aquel periodo todo transcurre con mucha rapidez.
La Transición empieza con la muerte de Franco, en noviembre del 75, y termina con la victoria en la elecciones generales del PSOE de octubre del 82. Es verdad que, sobre todo en su primera parte, la Transición va bastante rápido. Había que contentar a los diferentes sectores, principalmente a la izquierda. Una de las cosas más curiosas que ocurren entonces es lo que podíamos calificar de los engañadores engañados. Es decir: Adolfo Suárez y la derecha pensaban que el poder de la izquierda era acojonante. Carrillo tiene el talento de convencer a Suárez de que él puede poner en la calle a miles y miles de activistas. También le ofrece —en aquella primera reunión clandestina— que a partir de la legalización, el PCE será capaz de frenar cualquier movimiento desestabilizador. Pero, le dice, siempre que ocurra algo tendrás que avisarme a mí. Fíjese qué astucia la de Carrillo. De ese modo se convierte en un interlocutor privilegiado. Suárez terminará dándose cuenta de que a la postre dicho intermediario no le sirve para nada. Porque Carrillo controlaba poca cosa. Y sobre todo después de las elecciones generales de junio del 77, en las que el PCE pasa a ser un partido más (veinte diputados y un nueve por ciento de votos). Entonces todo cambia.
¿En qué consistió el llamado «El pacto de los editores», ese acuerdo para no publicar informaciones que podían comprometer o perjudicar al Rey y a la monarquía que tuvo vigencia durante la Transición? ¿Continúa en vigor ese pacto?
Yo no creo que, como parece indicar la expresión, los editores de los medios de comunicación más importantes de la época se reunieran y acordaran nada. Sencillamente se produciría en algunos casos una llamada de Zarzuela para decir a un editor (o dueño de medio de comunicación) lo que tenía que hacer en un momento determinado. Era obvio que el Rey era una figura intocable. Por lo tanto no se podían sacar informaciones sobre él. En una medida semejante a lo que ocurre ahora. Es decir: que si hay un reportaje en el que el Rey aparece en una situación no decorosa o comprometida, llamaran desde Zarzuela a un millonario para que simplemente compre esas fotos. Así se arreglan las cosas.
Hablemos del papel de la prensa y el resto de medios durante la Transición. ¿Hasta qué punto cumplió con su función de control al poder?
Visto desde la perspectiva de hoy, diciembre de 2013, la prensa de la Transición era lo más audaz y temerario que uno se puede imaginar. Porque ahora ya no se puede decir absolutamente nada. En la Transición hay varios periodos. El anterior a las elecciones de junio del 77 es un periodo interesante. No porque se pudiera decir de todo, sino porque todo era muy raro. Por ejemplo: a mí me detienen por aquel asunto del comisario Conesa. Y la detención ocurre en la misma redacción del periódico, Diario 16. Nunca tuve del todo claro por qué me habían detenido. Luego supe que el general Milans del Bosch estaba detrás. Me llevaron a la calle del Reloj número cinco, donde había entonces un famoso sitio de torturas. Pero no ocurrió nada. Había un policía que me hizo los papeles y allí me quedé. Luego, delante del juez, pregunté que por qué había tenido que pasar allí la noche. «Mire, yo no lo sé —me dijo el militar togado— yo lo único que le puedo decir es que mi general Milans del Bosch me dijo: “quiero a ese chaval (que no debió decir chaval sino ‘ese hijo de la gran puta’) aquí mañana a las nueve”». A las nueve del día siguiente firmé y me marché.
En la página web de la Fundación March se puede consultar el Archivo Linz de la Transición española. En ese archivo se guarda la noticia que el diario El Alcázar publicó el 21 de mayo de 1977 sobre su detención. Le leo, por lo curioso que hoy resulta, el final de la noticia: «El tribunal que entiende el caso planteado abrió proceso contra Gregorio Morán el pasado 10 de mayo que se encuentra en estos momentos en libertad condicional, tras haber pagado una fianza de doscientas mil pesetas. El señor Conesa pide una indemnización de veinte millones de pesetas, pues estima que la publicación le ha perjudicado una operación que mantenía con la editorial Planeta». Parece que con su reportaje en Diario 16 fastidió el negocio de este señor para publicar algo en Planeta.
Sí, claro, seguro que tenía ya hablado con la editorial la publicación de un libro. Puede que para contar la liberación de los generales secuestrados por el GRAPO, el grupo terrorista. No lo sé. El periodismo durante la Transición no se puede afirmar de forma categórica que fuera más libre. Sí que fue más caótico. Había más posibilidades. Por ejemplo me acuerdo de lo que entonces era ser fotógrafo de prensa. Entonces había una cantera magnífica de fotógrafos. Es verdad que luego la trayectoria que han seguido algunos de esos fotógrafos fue curiosa. Por ejemplo yo me acuerdo de que el fotógrafo más audaz —no el mejor técnicamente, pero sí el más valiente— era Alfonso Rojo. Entonces Alfonso era mi fotógrafo y además era el representante de la CNT. Vete a recordárselo ahora. Y nos metimos en unos líos tremendos. Porque entonces investigaba yo las tramas ultraderechistas y ese es un tema delicado.
¿Eran los GRAPO un grupo terrorista organizado por la ultraderecha? Se argumenta esta posibilidad en El zorro Rojo (una biografía de Santiago Carrillo recientemente publicada por Paul Preston). Dice Preston (Página 298) que tres ministros (Gutiérrez Mellado, Martín Villa y De la Mata Gorostizaga) estaban convencidos de ello. Los secuestros de Antonio María de Oriol y Urquijo y de Emilio Villaescusa, que fueron reivindicados por el GRAPO, serían junto con los asesinatos de los abogados laboralistas del despacho de la calle Atocha, y siempre según esa teoría, esfuerzos de la ultraderecha para desbaratar la Transición.
Hombre, después de lo de Pio Moa… El que redactaba los comunicados del GRAPO era el hoy escritor Pio Moa. Hay historias paralelas muy interesantes. ¿Sabía usted que los archivos del Movimiento Nacional se quemaron? Pues esta es una de esas cosas interesantes que poca gente sabe. Martín Villa ordenó en 1977 que se prendiera fuego a todos aquellos papeles. Con lo que, por ejemplo, toda la información sobre confidentes e infiltrados se la llevaron las llamas. En Barcelona se conoce la fábrica en la que se quemó todo. Eran mucho kilos de papel. Yo he trabajado (investigado) en los archivos de la administración que hay en la calle Alcalá, pero lo más interesante no está allí. Uno de los rasgos más característicos de la Transición es que se amnistiaron a sí mismos. Yo fui militante clandestino durante un montón de años. A mí me hubiera gustado saber qué confidente tenía yo. Yo sabía que había alguien de mi entorno que pasaba información sobre mí. Si esos archivos no se hubieran quemado, habría sabido quién fue. Pero siempre me quedaré con la duda. El GRAPO no fue una invención policial. Lo que si hubo fue lo que podríamos llamar una instrumentalización del GRAPO. Los integrantes del GRAPO venían de Galicia y eran claramente unos pringados a los que manipularon.
¿Infiltró la extrema derecha a alguien en los GRAPO?
No se podía meter a un agente de extrema derecha en un grupo como aquel. En los movimientos subversivos se puede infiltrar un agente, pero debe ser alguien que en apariencia sea más radical que los que ya están dentro. Recuerdo el caso del Lobo, el famoso infiltrado en ETA. Recuerdo que en aquella época había muchas detenciones y a mí se me había encargado por el partido que documentara aquellos arrestos. Hoy lo de ETA parece una leyenda viva, pero las situaciones que se daban entonces eran para partirse de risa. Al comando en el que estaba infiltrado el Lobo, después de cometer varios atentados, no se le ocurre otra genialidad que convocar al infiltrado a una reunión en el Paseo Rosales de Madrid. Van y le dicen: «Oye, estamos sospechando que tú eres un confidente», el Lobo va y responde como ofendido: «¿Cómo? ¿Que sospecháis de mí? Pues a partir de ahora estoy fuera. Vosotros decidiréis qué vais a hacer conmigo. Yo con esa sospecha no estoy dispuesto a seguir. Quedo a la espera de vuestra decisión». Esa noche no quedó ninguno, los detuvieron a todos. La policía se los llevó a todos ellos a comisaría. Claro. Por gilipollas.
En el reciente libro del historiador Paul Preston sobre Santiago Carrillo, El zorro Rojo, su último capítulo lleva el llamativo título de «De enemigo público número uno a tesoro nacional 1970-2012». Carrillo, en 1974, decía cosas como que «Juan Carlos es una criatura de Franco…» y que no había más salida que la República. Entonces decía públicamente que era necesaria la ruptura democrática. «¿Qué realismo es ese que se imagina el paso de una dictadura fascista a una democracia sin que medie una verdadera revolución política?» es otra de sus frases de la época. ¿Cómo cambió tanto en tan poco tiempo para aceptar la petición de un enviado de Juan Carlos de Borbón (Nicolás Franco) de mantener la calma cuando se produjera el «hecho sucesorio» y luego para aceptar la propuesta de Suárez de renunciar a la bandera y a la República a cambio de la legalización?
Es una cuestión bastante compleja porque ahí se mezclan, como en todo, elementos personales. Cuando éramos jóvenes dábamos poca importancia a los elementos personales y pensábamos que las coyunturas, las crisis, los contextos, etc… tenían más trascendencia. Vamos a ver: la legalización del PCE es un acuerdo al que llegan Adolfo Suárez y Santiago Carrillo solos. Sin el Rey y sin Torcuato. Para entender la legalización del PCE los elementos personales son fundamentales.
¿Entonces no es cierto que el Rey habló con Ceaucescu, el Presidente de Rumanía, que tenía buena relación con Carrillo?
Eso es verdad, pero había ocurrido mucho antes. Es verdad que el Rey mandó a Prado y Colón de Carvajal a hablar con Ceaucescu. Lo que el Rey quería durante todo aquel periodo previo a la legalización era que el PCE aceptara un cambio de nombre, que se hiciera la legalización a la griega. En Grecia el partido comunista había participado en la Guerra Civil y se le dejó luego participar en política, pero con otro nombre. Algo así como Agrupación Democrática de Izquierdas. Esa fórmula al Rey le gustaba mucho porque de ese modo, quitándose de encima la palabra comunista, eliminaba la presión de los militares. Además a los EE. UU. también le hubiera gustado mucho que se hiciera así. Es decir: había muchas opiniones que coincidían en que había que legalizar el Partido Comunista pero sin que fuera el Partido Comunista. Ahora —treinta y cinco años después—, cuando analizo estos asuntos, me doy cuenta de la importancia de los aspectos personales. Carrillo, entonces, cuando vuelve a España, tenía ya una edad, casi setenta años. Aquel que pasa por delante de él es el último vagón del último tren. En mi libro Miseria y grandeza del Partido Comunista de España cuento que Carrillo, al morir Franco, sabe que ese tren se ha puesto en marcha. Entonces reúne en París a su cúpula, la del PCE en el exilio —catorce personas— y les dice: « Todos tenéis que volver a España». Les dice que él también va a volver. Le sugieren un debate, pero él dice que no hay nada que discutir, que «a volver todos». Recuerdo que yo tuve que recoger desde dentro de España a muchos de ellos, modestos funcionarios de la revolución, que venían acojonados. Treinta o cuarenta años sin pisar España y regresaban con mucho miedo. Entonces Carrillo fuerza las situaciones. Monta una rueda de prensa en la calle Atocha de Madrid (noviembre de 1976) con muchos periodistas presentes. Rueda de prensa con la que busca ser detenido. Quiere que lo detengan porque si eso no ocurre sabe que va a quedar en ridículo. Si no lo detienen significa que no es peligroso, que no tiene poder. La detención es pura parodia. Martin Villa, entonces ministro de Interior («de Gobernación» se llamaba entonces al cargo), le ofrece un pasaporte para volver a París. Carrillo se niega y, claro, lo meten en la cárcel. Pero no pasa fin de año en la cárcel. Entonces viene la negociación con Suárez.
La negociación se tuvo que realizar en el más absoluto secreto. El Rey no se podía enterar porque estaba en contra de la legalización tal y como se hizo. No solo era contrario el Rey, sino todo el gobierno y por supuesto los militares.
Y Torcuato Fernández Miranda también era contrario a la legalización, ¿no?
Lo de Torcuato es curioso. Torcuato —me lo dice a mí en las conversaciones que mantuvimos para la biografía de Suárez— era partidario de la legalización del Partido Comunista, pero a su ritmo. Y quiere ser él el que se entreviste con Carrillo en Madrid. Le sentó mal que Suárez se le adelantara. Su argumento era que un presidente del Gobierno no debe encontrarse con un dirigente de un partido ilegal, pero que él sí hubiera podido hacerlo. Entonces él era el presidente de las Cortes, con lo que opino que su argumento era bastante débil, pues él también era el representante de una institución del Estado. De ahí el cabreo de Torcuato cuando se entera de la reunión secreta de Suárez con Carrillo. Aquí entra José Mario Armero como intermediario entre Suárez y Carrillo. José Mario Armero era un informador de los Estados Unidos.
Se dijo que José Mario Armero era un agente de la CIA.
No. Un simple agente de la CIA puede ser un pringado. José Mario Armero era alguien más importante, informaba directamente al Departamento de Estado de los Estados unidos.
Vernon Walters fue entre 1972 y 1976 director adjunto de la CIA y llegó a entrevistarse con Franco. ¿Tuvo Armero relación con él?
Claro. José Mario Armero era amigo de Vernon Walters. Armero es el que monta el encuentro de Carrillo y Suárez. Y visto desde hoy podríamos decir que fue como una reunión de Anna Magnani con Sophia Loren. Dos actrices soberbias, dos vedettes. La conversación duró muchas horas. Me contó José Mario Armero que tuvo que mandar a su mujer a comprar algo para que comieran porque la cosa se alargaba. Ellos estaban a lo suyo, contándose su vida, sus batallas. Amor a primera vista.
Parece ser que Suárez, en aquella primera reunión, ejercitando su capacidad de seducción, le dice a Carrillo: «En España hay dos políticos: usted y yo».
Hay que decir que pasaron al tuteo a la primera de cambio. Allí nació una amistad. El pacto fue muy sencillo. Carrillo le dijo a Suárez que no podía cambiar el nombre del partido, pero que si le legalizaba el PCE, podía aceptar la monarquía y la bandera y comprometerse a controlarle cualquier movilización o revuelta callejera. Fíjate si Carrillo cumplió lo pactado con Suárez que recuerdo un mitin del PCE en la plaza de toros de Las Ventas, durante los primeros años de la democracia, en que a unos chicos se les ocurrió sacar una bandera republicana. Pues llegó la seguridad del propio PCE y los forró a hostias. Había órdenes estrictas.
¿Y es verdad eso de que Carrillo llegó a decir al resto del Comité Central del PCE que no les podía contar lo que había hablado con Suárez porque era secreto de Estado?
Sí, eso es así. Pero no era la primera vez que actuaba de ese modo. Carrillo le cuenta la reunión con Suárez solo a dos militantes. Pero se la cuenta a su manera. Carrillo, veinticuatro horas después de hablar con Suárez, convocó al Comité Central y les comunicó los cambios (bandera, monarquía…). Aquello fue una demostración impresionante de poder para Suárez. Carrillo estaba cambiando cincuenta años de historia del PCE en un día. Con el miedo que se tenía a los comunistas, Suárez quedó encantado al ver cómo Carrillo manejaba aquello. Carrillo liquidó en aquel momento el partido, claro, pero eso a Suárez le importaba un comino. Suárez y Carrillo pactaron hasta las fechas. Buscaron una fecha idónea, la Semana Santa. Y en ese día pactado, Suárez hace exactamente lo mismo que Carrillo: no se lo comunican a nadie. Suárez solo avisa, pero sin desvelar de qué. Pide que el viernes por la noche haya alguien de guardia en información para que todos los medios de comunicación puedan recibir una noticia por si acaso ocurre algo. A Martín Villa, como ministro de interior, se lo cuenta una hora antes. No consulta con nadie. Hace lo mismo que Carrillo.
El Rey se pilló un cabreo monumental. Porque tampoco sabía nada. A partir de ese momento comienza la caída de Adolfo Suárez. Fernández Miranda tampoco tenía ni idea. Y tres años después, cuando me entrevistaba con él para el libro de Suárez, me hizo gracia que, argumentando a favor de que debía haber sido él quién se entrevistase con Carrillo, utilizase además el hecho de que Carrillo y él eran de Gijón. Como si fuera importante para el éxito de la negociación el que los dos fueran de la misma ciudad. Es curiosa la ingenuidad que a veces muestran las personas más inteligentes y calculadoras.
En la página cuatrocientos ochenta de las memorias de Teodulfo Lagunero (Umbriel) cuenta que él concertaba los contactos de Carrillo con políticos del franquismo. Fue Lagunero quien le presentó a José Mario Armero en París. Carrillo le pidió a Lagunero que en un viaje a Londres contactara con Fraga Iribarne, que entonces era embajador allí (lo fue en el periodo 73-75). Parece ser que Fernando Morán, que luego fue ministro de exteriores con Felipe González y entonces era cónsul en la misma embajada de Londres, le quitó la idea de la cabeza. Le dijo que Fraga quería ser quien liderase —dentro del respeto a las ideas franquistas— el proceso «democratizador» después de Franco y que no estaría interesado en ver a Carrillo. ¿Sería este un buen ejemplo del poco interés que los líderes del franquismo reformista tenían entonces, al principio, de escuchar a los líderes de la oposición demócrata?
Yo del inefable Lagunero me lo tomaría todo entre comillas. El papel de Lagunero fue absolutamente residual. No fue él quien puso en contacto a Carrillo con José Mario Armero. Si este último se entera de que el primero lo fue contando, se levanta de la tumba y lo mata. Lagunero era un señor del sur que ganó mucho dinero. Carrillo lo utilizó para la intendencia. La casa donde veraneaba Lagunero en Cannes era un sitio idóneo para celebrar reuniones al más alto nivel. Lagunero, políticamente hablando, no hace absolutamente nada más que servir de palanganero. Fraga no quiso ver a Carrillo porque le daba miedo. Pero, mucho antes, en el periodo de Arias Navarro como presidente del Gobierno, se celebró una reunión entre la gente de Fraga y algunos representantes del PCE. Se celebra esa reunión en la librería Turner, en la calle Génova. Representando al PCE acuden Armando López Salinas y otro que no recuerdo. Y por parte de lo que empezaba a ser Alianza Popular estuvo presente Pérez Escolar entre otros.
En referencia a Fernando Morán hay que decir que el que quería ser la gran figura era él mismo. La ambición de Fernando Morán era ilimitada.
Y el problema de Fraga era el concepto tan alto que tenía de sí mismo. Igual que Suárez tenía un concepto muy pobre de su persona, Fraga era lo contrario. Fraga era Fraga. Yo nunca conseguí hablar con Fraga sobre Suárez. No quería. Suárez (como presidente de Gobierno) era una humillación para Fraga. Que no lo hubieran escogido a él y sí a Suárez —al que despreciaba intelectual y profesionalmente— era algo que no podía soportar.
[En un momento de la entrevista Gregorio Morán apunta un nombre en mayúsculas sobre una servilleta. Pasada casi una hora interrumpe al entrevistador].
Hace un rato he apuntado un nombre que me parece clave para entender la Transición. Me refiero a Navalón, Antonio Navalón.
¿Por qué le parece que Antonio Navalón es un personaje clave de la Transición?
Yo tengo el único libro que escribió Antonio Navalón de verdad. Me refiero al primero, que es una especie de homenaje a Suárez publicado cuando es presidente. Es un libro alucinante. Debió vender tres ejemplares y uno de ellos es el que tengo en casa. Navalón es clave porque estuvo en todo. Estuvo primero con Suárez. Es luego el hombre clave de Boyer en la liquidación de Rumasa. Además —tome nota— trabajaba para Ruiz Mateos cuando aquello se produce. Es pieza clave de aquella expropiación. Navalón entra luego como subsecretario en el BOE cuando Solchaga es ministro de Economía. Es el hombre de Mario Conde en algunos asuntos muy polémicos. Ahora es el representante del grupo PRISA en México. Y lo último que ha descubierto es que es judío. Lo que le faltaba a Navalón acaba de ocurrir: ¡ahora ha descubierto que es judío! La verdad es que Navalón es un apellido judío. Resulta que su hermano es un rabino influyente en la comunidad judía de Nueva York. Navalón ha estado en todo: la UCD, el PSOE, el PP. Navalón es puro sistema.
En 1984, en Toledo, en un lugar llamado San Juan de la Penitencia y promovido por la Fundación José Ortega y Gasset, la clase política y algunos historiadores se reunieron para definir —según dices en un artículo— cómo debía pasar a la historia la Transición. En 2007 se funda la Asociación para la defensa de la Transición que comienza presidiendo el teniente general Andrés Casinello. Los firmantes de la escritura fundacional son Andrés Cassinello, Rafael Ansón, Aurelio Delgado, Ignacio García López, José Luis Graullera, Ernesto Jiménez Astorga, Eduardo Navarro y Manuel Ortiz, los más cercanos a Suárez. En 2000 (veinticinco aniversario), el congreso concedió cuatrocientos millones de pesetas y se creó una comisión para estudiar históricamente la Transición. ¿Por qué hace falta defender tanto la Transición?
Hombre, porque la Transición fue un negocio fabuloso. Lo que pasa ahora es que la empresa ha quebrado, pero entonces fue un gran negocio. La Transición es una operación que se realiza entre muy pocas personas. Y todos ganan. Unos ganan más que otros, pero todos ganan. Ganan todos los que participaron, no me refiero a la población. Y ganan mucho. Por ejemplo Carrillo. En sus últimos años Carrillo parece un senador romano. La gente iba a verle como si fuera a ver a san Pablo. Todos se quedaban admirados ante él: «qué señor, qué bien se expresa, que humildad, que sencillez». Eso exclamaban al verlo. Cuando en los últimos años veía a Carrillo se me revolvían las tripas. Ver a un señor que conoces muy bien, que sabes que es capaz de lo peor y verlo convertido en un abuelo encantador. Pues imagínese lo que pasaba por mi cabeza.
¿Por qué siempre que se ha intentado debatir sobre la Transición a lo largo de estos años se ha acabado en los insultos? Por ejemplo Javier Tusell y Javier Pradera contra Viçenc Navarro en El País y en Claves de la Razón Práctica en 2010. O Fernando Savater en su artículo «¿El final de la cordura?» de 3 de noviembre de 2008, en El País, donde termina escribiendo: «Ahora veo derribar la cárcel de Carabanchel, en la que hace cuarenta años pasé una breve y no diré que feliz temporada. La despido sin tanta nostalgia como muestran por ella los que no la conocieron por dentro. Y así me gustaría ver irse también al olvido a los hunos y los otros, como diría don Miguel, a quienes no olvidan porque su memoria viene de la ideología y no de la experiencia. Son el peor cáncer de la España actual, la de la crisis, el paro y la hostilidad centrífuga».
Esto se debe a su propia mala conciencia. Yo ahora publicaré un libro, un folleto de unas ochocientas páginas o cosa así, en el cual cuento la Transición exclusivamente desde el punto de vista de los intelectuales. Es un libro que abarca desde el 62 hasta el 96. Ahí aparecerán muchas de estas manifestaciones. Todos estos eran más que radicales al comienzo y durante la Transición. Es el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 lo que los conmociona y los convierte a todos en simpatizantes del PSOE. No se quiere revisar ese periodo histórico, lo que se llamaría el tardofranquismo, los últimos años de Franco y los primeros de la democracia, porque las cosas que se dijeron eran una bestialidad. Bestialidad en el sentido de que, por ejemplo, había algunos que eran partidarios de la lucha armada. Todo eso hasta que llega el 23-F. Después del golpe se les baja la adrenalina, todos se acojonan e ingresan en masa en el PSOE. Pero es que revisar la Transición, para muchos, es revisar su propia vida. Ahí tienes a Martín Villa. Acaba de entrar en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas un tipo que es un fascista.
De ese asunto quería yo también preguntarle. El discurso de entrada de Rodolfo Martín Villa en la citada Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que fue pronunciado el 26 de noviembre de 2013, y que se puede leer en internet , tuvo como título «Claves de la Transición, El cambio de la sociedad, la reforma en la política y la reconciliación entre los españoles». En ese discurso utiliza Martín Villa un párrafo del libro de Raymond Carr y Juan Pablo Fusi, España, de la dictadura a la democracia, para definirse a él mismo y a los que como él trajeron la democracia: «El factor generacional fue un componente decididamente importante del aperturismo. Se trataba de jóvenes procedentes del falangismo universitario, de la ACNP, o del monarquismo, nacidos hacia 1930-1940 y que por tanto no habían luchado en la Guerra Civil… Era una generación liberal, dialogante y europeísta, convencida de que la nueva y modernizada sociedad española de los sesenta exigía un sistema político igualmente moderno y nuevo equiparable a las democracias occidentales. Esto no era obstáculo para que muchos de ellos ocupasen cargos públicos, aceptasen la legalidad del sistema y, en suma, asumiesen las responsabilidades que se derivaban de su integración política en el Régimen. Creían en la reforma desde dentro, no en la revolución desde fuera». ¿Qué opina de esto?
Esto es un olvido absoluto de un fascista medular. Me afecta a las neuronas. Si eso es así, si ellos eran demócratas ya en el franquismo, entonces los demás, los que vivíamos en la clandestinidad, éramos gilipollas integrales. Porque según eso lo que teníamos que haber hecho era hacernos de Falange y esperar. Claro. Es que esto que dice Martín Villa es una auténtica ofensa generacional. Porque es verdad que les salió bien y por eso pueden seguir escribiendo estas cosas. Pero esto sigue siendo una mentira absoluta y escandalosa.
¿Les salió bien? No todo el mundo está de acuerdo en que les saliera bien la Transición. En el año 1991 se emitió un debate especial en el programa La Clave (dirigido por el periodista José Luis Balbín) que entonces se podía ver en Antena 3. Se tituló «500 claves de la transición» y en él se contiene una muy valiosa intervención de Antonio García Trevijano, que a la afirmación de José Mario Armero en el sentido de que en España sí hay democracia, argumenta que en España lo que hay son libertades pero no una democracia auténtica y completa. Apoya su afirmación en dos realidades: primero, el elector (por haber en España un sistema electoral proporcional en lugar de mayoritario) no elige realmente al representante que él quiere. «El sistema proporcional termina inevitablemente en el gobierno de una oligarquía» dice García Trevijano. Y segundo porque «igual que con Franco, hay un solo poder, que es el ejecutivo, que es el que manda sobre el judicial y el legislativo». Concluye García Trevijano manifestando que «la Transición fue un pacto y de algo así solo puede derivar corrupción».
Les ha salido bien a los que les ha salido bien. Les ha salido bien a los bancos y a aquellos que capitanearon la Transición. Incluso a aquellos que tenían serias dudas de que la Transición fuera a funcionar y temían por sus intereses. A esos les salió que ni bordado. Fue la operación perfecta. El PSOE de la primera etapa, por ejemplo. ¿Cómo Solchaga no va a decir que la Transición fue modélica? Si cuando yo lo conocí era asesor de la UGT en Bilbao donde ganaba una mierda de dinero y ahora es multimillonario. Les ha salido como Dios. Lo que ocurre ahora con la infanta y con Urdangarin es una herencia de la Transición. En el comienzo de la Transición hubo cosas como estas, pero no se sabían. Vamos, las sabían solo los que las sabían, punto.
Se publica en 2013 La Transición contada a nuestros padres de Juan Carlos Monedero (Editorial Catarata). Según Monedero, la corrupción que sufrimos en España viene de la Transición porque seguimos teniendo una sociedad franquista. No hemos tenido el «antifascismo» que según Monedero «es una reclamación radical del republicanismo democrático caracterizado por virtudes públicas que hacen, por ejemplo, que los políticos dimitan cuando se ven inmersos en casos de corrupción». Según Monedero ese antifascismo opera en Alemania, pero no en Italia y en España ¿Está de acuerdo con esa visión de la Transición?
Si, si, por supuesto. En Alemania hay una expresión acerca del nazismo que generó mucha polémica: «El pasado que no quiere pasar». Aquí, el pasado, no es que no quiera pasar, es que ni ha pasado. Se ha borrado incluso de la historia. Se ha quemado.


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