viernes, 14 de marzo de 2014

ECONOMÍAS ÍNTIMAS DEL VATICANO. La lengua muerta y sus redes: inversión y reconversión

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Amir Hamed

Hasta donde se ha podido saber,
jamás, como hasta este año, habíamos tenido la oportunidad de asistir, con todo su dramatismo, no a la despedida de un hablante sino de una lengua. Hasta donde sabíamos, el latín era una lengua muerta, pero ni bien accedió al trono vaticano en 2005 como Benedicto XVI, el alguna vez inquisidor cardenal Ratzinguer promovió la resurrección del latín en la liturgia y erigió una academia de la latinidad, para difundir el buen uso de ese idioma. El nombre y la medida son congruentes: Benedicto, cuyo nombre quiere decir bien dicho, o dicho bien, sucedía a un papa que, como Juan Pablo II, se apagara en una progresiva disfonía a raíz de un cáncer de garganta que lo retiraba de este valle de lágrimas, nuestro mundo, pidiendo ronco perdón por la infinidad de pecados cometidos por la esposa de Cristo, es decir, la Iglesia.

Claro que este sonoro buen decir de Benedicto se podía dar s
olo en términos esotéricos, es decir, entendido por unos pocos, opaco para la casi totalidad de la feligresía. Se trataba, en rigor, de proclamar el entresijo de Dios en la lengua que lo entronizó: si los caminos del Señor son misteriosos, parecía decir Benedicto, ya su lengua no es del mundo, o barruntable por el mundo. Dios, decía en la práctica el papa, nos gobierna desde lo incomprensible, desde su lengua hoy remota, en la que por más de un milenio, digamos desde San Agustín, proclamara su catolicismo o pureza, su universalidad y su ortodoxia. En la Edad Media, los herejes, por ejemplo el Maestro Ekhardt o la beguina Margarita Porete habían sido sometidos a la candente purificación de la hoguera menos por escribir sus encuentros místicos con Cristo que por andar encontrándose con él en lengua vulgar, es decir en lengua subrepticia, por entonces intolerable para la teología. Y en el Renacimiento, Lutero, el Gran Cismático, no encontró vigorizante mejor para romper con la Iglesia, incluso más que la promesa de mujer para el sacerdote, que traducir la Biblia al alemán, y difundirla a través de la imprenta.

Pero hoy parecería que Ratzinguer, no en vano un inquisidor, fuera el único en recordar sus latines. Ni siquiera las crestas púrpuras de los cardenales se sacudieron a tiempo cuando, reunidas en pleno colegio, con voz grave el papa les informó, entre otras cosas, ut incapacitatem meam ad ministerium mihi commissum bene administrandum agnoscere debeam, es decir, que Benedicto reconocía su incapacidad para seguir administrando lo que le habían comisionado, y renunciaba. Fue una periodista de ANSA, la única entendida en latín entre los que cubrían la reunión, la que se dio cuenta de lo que estaba pasando. Solo dos antecedentes de renuncia conocía el Vaticano hasta ese momento, y ninguna en los últimos quinientos años.

Óptimamente dicho, su santidad. El latín, lengua declarada muerta, la misma que hizo a Occidente, se merecía esta oportunidad de, póstuma, inmolarse urbi et orbe en su renuncia. Así como, en las primicias de su era, los cristianos debían renunciar al mundo (se decía, como repetiría luego Agustín, renunciar al siglo), ahora el latín, la lengua de Julio César, Horacio, Virgilio, Tito Livio, Lucrecio, Apuleyo o Virgilio, cooptada durante milenio y medio por Dios desde que en el siglo IV San Jerónimo acuñara la Vulgata, o Biblia latina, debía renunciar ahora a sí misma, pero no en esa dejadez paulatina del olvido, sino con un desfallecimiento espectacular, en el que su máximo oficiante, Benedicto, se declaraba “falto de fuerzas”.

Esas otras redes

Pronto se manejó que esta escasez de vigor respondía, entre otras cosas, a unos recientes Vatileaks pero también a un informe confidencial, pedido por el propio pontífice, que daba cuenta de la corrupción económica de la banca vaticana y de una orgiástica conspiración homosexual (una red clandestina de homosexuales, según se repitió) que se extendía por media Roma y por cada pabellón de la sede de San Pedro: los mandamientos seis y el siete, relativos al sexo y al robo, habrían derrumbado el espíritu reformista de Benedicto, que en 2010 ya había tenido que hacer frente a un alud de acusaciones por abusos de sacerdotes pederastas en Estados Unidos. El cristianismo, religión de pescadores que creciera en sus primicias bajo el imperativo de la red que capturaría los pejes de la edad de Piscis, ahora se veía recomido, congruentemente con un mundo resignado a una red de redes, en una red de corrupción financiero-sexual. Se necesitaba alguien
o acaso algo más robusto para emprender la reforma en la que desfalleció Benedicto, y el Vaticano, por tanto, dio un viraje radical. Del inquisidor que persiguió y dejó semiextintos a los teólogos de la liberación latinoamericanos, se pasó a un papa argentino, hincha de San Lorenzo, atento a los pobres y aplaudido por los teólogos de la liberación que todavía boqueaban. Del latín litúrgico se pasó a una asunción de Francisco I pronunciada en italiano y, de una Europa descreída, corrió presto el Vaticano a buscarse en la masa de creyentes más constante, la latinoamericana; de la opulencia vaticana a residir en un hostal, recordando al santo de Asís, y entonces también, según se colige, mudando el propio Vaticano a las menesterosas sandalias de las órdenes mendicantes que, como la de San Francisco a inicios del siglo XIII, regresaban a ese mundo al que los monasterios le habían dado la espalda.

Los gobiernos de América del Sur, mancomunados en su festejo progre, decidieron saludar a Francisco en Brasil, a donde llegó la semana pasada y donde lo recibieron masas fervorosas pero también el abucheo de la misma multitud que había denunciado, un mes atrás, el despilfarro en estadios y aeropuertos que representaban la Copa de campeones y el Mundial 2014. Campeante la corrupción en Brasil y las necesidades sociales desatendidas, los fastos del papa, junto a las Jornadas Mundiales de la Juventud, costaron más de 40 millones de euros, por lo que muchos, al ponerle precio a la visita, por contigüidad con el fútbol denunciaban al papa como craso espectáculo, y además de craso, oneroso como ninguno. Esta recepción hubiera resultado impensable una década atrás, pero resulta que ni al Vaticano, institución opulentísima pero tan ruinosa en lo moral que invita a la renuncia de su sumo pontífice, le sobra nada, ni la fe brasilera es la misma. Si los católicos eran el 99,7% de los brasileños en 1872, hoy son apenas el 64%, y se estima que en un par de décadas, de continuar esta tendencia, en Brasil habrá tantos de ellos como evangélicos. Ciertamente, sitiado por el crecimiento del milenarismo evangélico, como en Latinoamérica, y por el llano descreimiento en Europa, el catolicismo afronta su progresiva desaparición, o cuando menos, encogimiento, incapaz de dar respuesta a los mandatos de un mundo que se mueve al dictado del capital.

Reconversión vs
inversión

En medio de las ruinas, mientras arrecian interpretaciones de las Centurias de Nostradamus y las predicciones de San Malaquías que dicen a este Bergoglio el último papa, a poco de llegado a Brasil, Francisco contraataca y llama a evangelizar, como hiciera Francisco de Asís. Y ciertamente hay un punto en que le asiste toda la razón, porque desde sus inicios la Iglesia cobró fuerza en el proselitismo, es decir, en la evangelización, en convertir a los demás. Así, mientras una vez más se hunde la banca vaticana, es decir, su inversión, mientras esa denunciada red practica lo que, según los mandamientos (y según Luz del mundo: el papa, la Iglesia y los signos de los tiempos, el libro de Benedicto XVI) es inversión sexual, el nuevo papa llama a la riqueza evangélica, a la conversión. Pareciera recordar Francisco que el último filósofo cristiano en el siglo XIX, y el primer existencialista, Søren Kierkegaard, autor del Tratado de la desesperación, se preguntaba cómo era posible ser cristiano de entrada, es decir, cómo es posible ser cristiano sin proceso de conversión, de renuncia a Satanás, de renuncia al error, para buscar esa verdad que, según el evangelio, habría de hacernos libres.
Claro está que a lo que llama Francisco es menos a una conversión que a una, inédita hasta ahora, reconversión (sexual, espiritual, confesional), y que esto es un llamado, como mínimo, sensato a la espiritualización en un mundo comido por el capital, la especulación y el descreimiento. La fe se ha perdido, pero es preciso recuperarla, nos dice a su modo Francisco, y retomarla allí donde los evangélicos, más o menos como Lady Pacman, le han comido devotos al Vaticano: se debe reconvertir al catolicismo al que ayer fue católico. En definitiva, después del mortal repliegue del catolicismo, Francisco proclama el contragolpe.


“Deseo una iglesia pobre y para los pobres, que salga de los palacios y vaya a las periferias”, ha declarado Francisco, mientras investiga la banca vaticana, comienzan a marchar a presidio sus capitostes, y el papa declara no descartar el cierre de sus instituciones bancarias. Gestos como éste son bien recibidos en todo el planeta, y cuando se lo ve caminar a Bergoglio entre la gente, se ve que estamos frente a algo distinto y determinado: para empezar, camina, se mueve, renuncia al hieratismo litúrgico para ponerse, en lo posible, del lado del mundo. De todos modos, cabe preguntarse por cuáles son las reales posibilidades que tiene este papa argentino de reconvertir una institución, su iglesia, que hace ya demasiados siglos se jugó a otra economía, que no se agota en lo monetario. Dicho de otro modo: ¿es posible un Vaticano que no quede comido por las contravenciones a los mandamientos seis y siete, es decir por la inversión especulativa y sexual?
Dilapidación evangélica

Algo de esto barrunta Bergoglio, por lo visto, porque ni bien deja atrás la escalerilla que lo despega de R
ío de Janeiro, improvisa en el avión una conferencia de prensa, y tirando todo precedente por la borda, declara que él no es nadie para juzgar a los gays (“quién soy yo para juzgar al gays”), pero se proclama contrario a todos los lobbies, incluyendo los de homosexuales. Esto, por supuesto, derrumba siglos y siglos de doctrina: Francisco declara, de algún modo, que quién es él para ser más papista que el papa, y llama al Vaticano a vivir en la realidad. También aquí deshace la inversión en nombre de una reconversión.

Sin embargo, esta realidad se relaciona menos con los crecientes derechos que los gays, por fortuna, van recibiendo de a poco en el planeta, que con un realismo más descarnado. ¿Quién es el papa para discutirle la sexualidad a medio Vaticano, incluyendo sus estrechos colaboradores? Las instituciones se adaptan como pueden a los tiempos, y el Vaticano, alguna vez latiniparlo y casto, se ha convertido, por elección propia, al arbitrio de sus concilios, y según propias palabras de Benedicto, en una institución inconfesamente gay, en una red que termina rindiendo a quien pretenda remediarla. Porque baste recordar que, si en el siglo XIX El Capital de Karl Marx denunciaba la “mano muerta de la Iglesia”, es decir, su condición de terrateniente feudal, enemiga de la inversión, estaba denunciando no s
olo a sotanas retrógradas, o cuando mínimo, precapitalistas, sino también a toda una economía libidinal y sexual, ya que por entonces, el crédito de la Iglesia consistía en administrar, por un lado, la creencia, la fe, es decir, la fidelidad de los creyentes y, por otro, sus bienes mundanos, también a través del celibato.

En los primeros días del cristianismo, como ya aconsejaba San Pablo, no era conveniente reproducirse, porque el Fin estaba próximo y la reproducción implicaba siglo, es decir mundo, que era con lo que había que acabar. Satanás se guardaba en los testículos, como aprendiera temprano Orígenes de Alejandría, padre de la Iglesia que se castró en el siglo III para ir abreviando la batalla con el Enemigo. El Concilio de Elvira, en el siglo IV, predicó el celibato, pero vale la pena repasar las Confesiones de San Agustín, un letrado que buscó la fe por todas partes antes de llegar a Dios Padre, para calibrar cuán ardua resultaba, para el siglo V, la renuncia a la mujer, y en ella, al siglo, para aquel sacerdote que no practicara la profiláctica de Orígenes. Seis siglos más tarde y ya demoradísimo el Fin, el Concilio de Letrán, de 1123, reguló el celibato, que no fue seguido de forma estricta, obligado por razones económicas: los bienes no debían ser repartidos entre descendientes, en tiempos en que la Iglesia entraba en la Querella de las Investiduras con el Emperador, que se los disputaba.

Por la misma época, e impulsado por Bernardo de Claraval (San Bernardo) en Occidente se expande el culto de la virgen, lo que se llamó mariología, culto compensatorio de la abstinencia: sublimación del deseo, pero también garantía femenina del patrimonio eclesiástico. Cada vez más incomprensible para los feligreses, rendidos, como pronto se rendirá Dante, a la evolución de las lenguas
y del mundo en sus lenguas insistía en sus latines. Ya por entonces sería la universidad el único ámbito secular en el que el latín habría de pervivir, mientras el mundo, cada vez más amigo de la reproducción y el devenir, y pronto del capital y su crédito, se entregaba a las lenguas del mundo. María, ahora virago divinizada por el Hijo, se convertía en la mediadora entre los creyentes y ese Cristo renuente que había decidido diferir, de forma indeterminada, su segundo regreso o parusía, y entretanto los bienes de la Iglesia se mantendrían intocados como reliquias: el resto de las mujeres, las de carne y curva, aquellas cuya oreja perseguía Dante y solo conoce de lengua vulgar, eran la herida misma, según el dogma y los manuales de confesión, de la tentación y de aquella antiquísima serpiente, Satanás.

Esto nada más para mostrar que la erótica de Dios marcha de la mano con la administración de sus riquezas. El Concilio de Trento del siglo XVI, en plena Contrarreforma, hizo estricto el celibato: nadie debería llamarse a escándalo porque los sacerdotes, alguna vez perseguidores de mujeres, se hicieran cultores de un sexo adverso a la reproducción, restringido a los varones. La famosa mano muerta implicaba algo que Marx no se molestó en denunciar: la renuncia a la reproducción, fuera sexual o económica implicaba establecer, en vez de inversión capitalista, inversión sexual. En el siglo XX, más exactamente en 1840, por iniciativa de Pío XII, el Vaticano, diuturno negador de las finanzas, porque es negador de la usura (tabú con el que rompió un protestante, Calvino) abrazó los tiempos, es decir, el mundo, a través de su banca, y se convirtió, según se repite desde hace años, en un paraíso, pero fiscal.

Lo que pretende Francisco, está claro, es que la
Iglesia se derroche en los márgenes, se aleje de la retención anal que la ha marcado por siglos y se reconvierta en los pobres. Pero nada de esto es posible sin que la Iglesia establezca una nueva erótica, o como mínimo, una nueva política de género. Tertuliano, a fines del siglo II y principios del siglo III, argumentaba, contra el gnóstico Valentín, que las mujeres no podían oficiar misa porque Dios había hecho al hombre a su imagen y que, por tanto, el obispo, su representante en el mundo, debía ser varón. Desde entonces, la Iglesia se consagró como un coto de varoncitos, proclives como es natural a aparearse con sus pares, si se los condena a vivir en encierro, y las redes del pescador que siguió a Jesús se transformaron en redes de pederastia y fraude. Después de esto, queda claro que no tiene Francisco oportunidad ninguna de alcanzar lo que proclama a menos que la Iglesia abra su red a las mujeres. Dicho en otros términos, la única oportunidad que le queda al Vaticano de no quedar tan interfecto como su latín es desenredarse, es decir, desdecirse donde debe. Así como se supo abandonar a las lenguas del mundo, y Francisco pretende se abandone en los pobres, es decir, que se enriquezca en su dilapidación, debe abandonar su pretensión de virginidad, moneda falsa si la hay.

Quién soy yo, se pregunta Francisco. Alguien que renuncia a la infalibilidad pontificia en los hechos, que se baja del dogma y que no enjuiciará por inclinación sexual. Pero luego debería decir, también, yo soy aquel cuyo sexo, en rigor, no repite el de Dios, como hemos venido mintiéndonos al menos desde Tertuliano. Solo podrá establecer la Iglesia una nueva economía lingüística, monetaria y libidinal cuando reconozca que, si a Satanás hay que denunciarlo, habrá que denunciarlo en más de una moneda, pero no en la de ellas. Varias veces ya, Francisco ha alertado que, si no encuentra a Cristo, es decir, si no evangeliza y ama, la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una ONG más. Sería una Iglesia dilapidada y no “pobre”, como pretende. El asunto es que no tiene manera la Iglesia de encontrar a Cristo, de reconvertirse, si Cristo, antes, no se convierte a la mujer.
 

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