martes, 14 de septiembre de 2010

HERIDAS ABIERTAS

Carlos pegaba a su pecho aquella fotografía, su refugio, lo que le salvaba de perder la razón para aguantar en el infierno. Cada día, era más difícil sobrevivir. El último ataque, les había dejado muy perjudicados, pero tenía la esperanza de que se cumpliera, lo que hasta ahora era un sueño; que le enviaran a casa, que sus heridas sanaran junto a las personas que quería, que adoraba. Mientras, recrearse mirando la foto, era el pasatiempo preferido para olvidar los estragos, de esta guerra absurda, a la que había ido por dinero.
Cuando me preguntaba, le decía que estaba regular, que un poco mejor, que había esperanzas. Mentiras, que se me clavaban como puñales, que me dejaban vacías las entrañas, que envenenaban mi garganta... Y él, dándome ánimos, consolándome, cuando todo era irremediable.
Hice lo que me dijeron para que pudiera venir cuanto antes, hice cosas que... Bueno, necesitaba a mi marido, al padre de mi hijo a mi lado. Los papeles eran interminables, las colas agotadoras, las entrevistas, las firmas de: coroneles, capitanes, comandantes... Todos médicos, con unas carreras civiles y militares que colgaban de las paredes, con un brillo que cegaba. Pero todos insensibles a nuestra tragedia.

A su regreso, tan débil. Cuando se enteró, se abrazó a aquella fotografía desgastada, como un naufrago. Creí que el dolor le mataría...
- Mi vida, otro hijo nos devolverá la ilusión.
- ¡Eso es imposible! Gritó desesperado.
Me sentía tan culpable. Días y días sin hablarme, la mirada perdida.... En la cama, no había tampoco posibilidad de acercarnos, de acompañarnos; mitigar la pérdida. Yo me sentía seca, Carlos ausente, sin preocuparse de sus heridas, de su aseo, de comer, de dormir... Estaba muerto.

Salí a la calle sin rumbo, caminé cabizbaja durante horas...
De repente, unos pies diminutos me llamaron la atención; eran de un niño, que sentado en la acera me miraba, con una mano extendida. Sus ojos, poseían una tristeza ancestral y el dolor del desamparo, se clavó en mi retina.
No tenía valor y pasé de largo, pero tras unos pasos retrocedí...
Aquella tarde no llegué sola. Carlos no preguntó, había muchas heridas que curar.

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